Álvaro Aragón Ayala.
El reciente cruce de señales entre los grupos empresariales encabezados por Jesús Vizcarra y la familia Coppel, junto con la aparición de estudios “empresariales” y programas públicos como Parques Vivos, no debe leerse como una definición de candidatura, sino como lo que realmente es: una fase temprana de reposicionamiento en el tablero del poder.
Hay una tentación natural de sobredimensionar estos movimientos. Ver en ellos la mano que decide, el dedo que señala, la fuerza que impone. Pero la evidencia política —y la experiencia histórica— indican lo contrario: en el modelo actual, la candidatura al gobierno de Sinaloa no se define en la esfera empresarial, sino en el núcleo político del poder nacional y en la lógica interna de Morena.
Lo que hoy se observa es un intento claro de estos grupos por recuperar centralidad en la toma de decisiones. Durante el sexenio de Andrés Manuel López Obrador, una parte del empresariado tradicional fue desplazada del “círculo íntimo” del poder político. Episodios como la llamada “Operación Berlín”, en la que se vinculó a Enrique Coppel y otros empresarios con campañas de ataque contra el entonces candidato presidencial, marcaron una ruptura que aún tiene efectos.
Sinn embargo, hoy, con Claudia Sheinbaum Pardo al frente, se abre una nueva etapa. Más técnica, más institucional, pero no necesariamente más permeable. En ese contexto, los grupos empresariales buscan algo muy concreto: volver a ser interlocutores válidos, no necesariamente imponer candidatos.
Ahí es donde debe leerse la aparición de nombres como Vizcarra o Coppel en ejercicios de opinión. No como aspirantes reales —al menos no en esta fase—, sino como vehículos de visibilización del bloque empresarial. Es decir, no importa tanto si competirán, sino que su mención los reinstala en la conversación donde se negocia el poder.
En el caso de Vizcarra, su trayectoria lo ubica en una corriente pragmática, capaz de convivir con distintos proyectos políticos y hoy más cercana a un perfil de empresariado que busca mas acercamiento y entendimiento con el gobierno. En contraste, el grupo Coppel parece moverse en una lógica más compleja: un juego de múltiples carriles, con interlocución en espacios diversos, incluyendo Movimiento Ciudadano y otros actores, sin apostar todo a una sola carta.
Pero ninguno de estos movimientos altera el hecho central: la definición de la candidatura no está en sus manos. El proceso ocurre en otra dimensión: la evaluación de perfiles dentro de Morena, la alineación con el proyecto nacional, la viabilidad electoral y, sobre todo, la decisión final que emana del centro político. Figuras como la del alcalde Juan de Dios Gámez Mendívil pueden beneficiarse de apoyos empresariales, pero estos no sustituyen ni garantizan la nominación.
Lo ocurrido con el programa Parques Vivos debe entenderse bajo esa lógica. No es necesariamente una definición sucesoria, sino un movimiento de posicionamiento temprano. Apoyar, acercarse, aparecer. Estar. Porque en política, como en los mercados, la ausencia genera pérdidas. La pregunta correcta, entonces, no es si los empresarios ya decidieron, sino por qué necesitan mostrar que están jugando.
Y la respuesta es porque buscan ser considerados cuando llegue el momento real de la decisión. En términos de inteligencia política, esto corresponde únicamente a una fase de “pre-negociación simbólica”. Se colocan fichas en el tablero, se envían señales, se prueban reacciones. No se define aún, pero se condiciona el terreno. Punto.