Álvaro Aragón Ayala.
La Universidad Autónoma de Sinaloa llegó a un punto en el que ya no puede seguir funcionando con un modelo de financiamiento diseñado para la realidad de hace más de treinta años. Su actual realidad -una matrícula cercana a los 170 mil estudiantes, una expansión territorial constante y la exigencia legal de garantizar educación superior universal- no puede sostenerse bajo las reglas de un sistema diseñado hace más de tres décadas. El esquema de apoyos condicionados y convenios políticos anuales está completamente agotado; mantenerlo es prolongar una asfixia operativa que limita el desarrollo, la transformación y la gobernabilidad del estado. Para consolidarse como el motor de progreso que Sinaloa requiere, la UAS necesita una transición estructural definitiva: elevar su presupuesto a rango constitucional mediante un esquema de aportación duplicada y protegida por la ley.
El origen de la vulnerabilidad financiera de las universidades públicas estatales es estructural, de fondo. El sistema de subsidios compartidos creado a principios de los noventa funcionaba para instituciones compactas, con plantas laborales jóvenes y necesidades tecnológicas mínimas. Hoy, las demandas del siglo XXI imponen costos fijos que aquel modelo jamás contempló: infraestructura digital, ciberseguridad, educación híbrida, laboratorios especializados y, de manera crítica, el peso demográfico de sistemas de jubilación que carecen de fondos específicos desde la Federación. La gratuidad universal es un derecho constitucional para los jóvenes, pero para la institución representa una obligación operativa que hoy carece de un respaldo presupuestal seguro.
Para entender esta propuesta, es vital distinguir entre el diseño legal actual y el nuevo modelo de protección presupuestal aplicado a la Universidad de Guadalajara. Aunque la educación superior tiene un reconocimiento constitucional en México, el marco vigente es un esquema caduco. Si bien la Ley General de Educación Superior alude a la responsabilidad compartida, dejó la fórmula de aportación en una indefinición legal a nivel local. Mientras la Federación calcula un subsidio ordinario, los estados no poseen un mandato constitucional propio que los obligue a aportar una cifra fija y equivalente. El resultado ha sido un sistema desequilibrado, donde el financiamiento local queda a merced de la discrecionalidad política y las presiones de cada año fiscal.
El “Modelo Guadalajara”, implementado con éxito en Jalisco, resolvió esta fragilidad mediante una reforma legal que elevó el presupuesto universitario a rango constitucional estatal, automatizando el flujo de recursos. Este mecanismo opera bajo una lógica de correspondencia y equilibrio: toma como base el subsidio federal y mandata por ley que el gobierno estatal debe igualar o superar esa cantidad de manera obligatoria. En términos prácticos, este esquema fijó una proporción donde la Federación aporta el 48 por ciento y el gobierno de Jalisco asume el 52 por ciento restante, estableciendo además un piso mínimo equivalente al 5 por ciento del presupuesto total del estado y un fondo fijo del 0.3 por ciento destinado exclusivamente a infraestructura educativa.
Llevar este modelo a Sinaloa implicaría que la aportación del gobierno estatal deje de ser un convenio negociado en mesas políticas para convertirse en una obligación constitucional estricta. Bajo este enfoque, el presupuesto local de la UAS respondería directamente a la asignación federal: por cada peso que la Federación destine para operar la universidad, el estado de Sinaloa tendría que aportar una cantidad igual o superior de forma obligatoria. Esta fórmula garantiza una certeza financiera a largo plazo, desvincula a la institución de los vaivenes electorales y proporciona la estabilidad necesaria para sanear las deudas laborales históricas, absorber el crecimiento de la matrícula con excelencia académica y planificar el futuro científico con una autonomía real.
Someter el porvenir de la UAS a negociaciones discrecionales es un riesgo directo para la estabilidad social de la región. Si el Estado mexicano y el gobierno de Sinaloa exigen una universidad de vanguardia, inclusiva y gratuita, es imperativo que asuman con la misma fuerza legal la responsabilidad de su viabilidad financiera. El blindaje constitucional no es una concesión, sino el único camino firme para garantizar que la universidad continúe siendo el principal factor de transformación, desarrollo y gobernabilidad para las futuras generaciones de sinaloenses.