El ocaso de los antiguos líderes de opinión

Álvaro Aragón Ayala

DEL MONOPOLIO DE LA VOZ AL MERCADO DE LAS IDEAS

​En el pasado reciente, la conversación pública en Sinaloa y en el resto de México estuvo tutelada por un selecto grupo de líderes de opinión. Su influencia no derivaba de una capacidad superior de análisis, de una visión prospectiva excepcional o de una comprensión profunda de la realidad. Su verdadero poder era de naturaleza estructural: habitaban la cúspide de un ecosistema de comunicación cerrado, erigiéndose como auténticos supraperiodistas.


​La imprenta, la radio y la televisión eran herramientas de difusión y funcionaban como aduanas ideológicas. En ese orden vertical, los periodistas/comunicadores operaban bajo la premisa de una infalibilidad incuestionable, censurando de facto el derecho a réplica. Su palabra era un monólogo unidireccional; el ciudadano, un receptor pasivo.


​En aquel régimen de falsas verdades absolutas, la legitimidad de los supraperiodistas no se validaba en los hogares ni en los sectores de la sociedad por su peso metodológico, sino por la cercanía con el poder político-gubernamental. Los gobernadores en turno privilegiaban con su saludo y deferencia a estas figuras, un gesto que en el pasado era reverenciado por la sociedad y el gremio como la máxima expresión de influencia y estatura periodística.


​Lo que antes se leía con fascinación como un testimonio de poder e intermediación necesaria, hoy se decodifica con total lucidez: no eran actos de autoridad periodística, sino vicios de entreguismo y servidumbre ante el aparato estatal.


​La irrupción de internet y el auge de las plataformas digitales dinamitaron esa arquitectura del silencio. La comunicación transitó de la verticalidad autoritaria a una red horizontal y descentralizada. Hoy, cualquier ciudadano, académico o periodista independiente posee los medios para producir, cuestionar y contrastar información en tiempo real.


​La consecuencia ética y política ha sido devastadora para el viejo orden: el antiguo modelo de liderazgo de opinión se ha derrumbado.


​Muchos referentes se extinguieron junto con los monopolios mediáticos que los subsidiaban. Los que sobreviven, amparados en el capital inercial de sus viejos nombres, han perdido la facultad de imponer los temas de discusión pública.


​En Sinaloa, el fenómeno es flagrante. Los viejos tótems de la opinión siguen escribiendo y transmitiendo, pero ahora se ven obligados a competir en igualdad de condiciones en una plaza saturada de portales digitales, creadores de contenido y audiencias emancipadas.


El nuevo imperativo de la confianza


​La autoridad ya no es una concesión heredada por el simple hecho de poseer un micrófono o una columna en un diario impreso. La caída de los supraperiodistas demuestra que el control del acceso a la palabra ha caducado.


Sí, es verdad, el viejo poder se jactaba de silenciar la réplica y asimilarse al Estado; el nuevo poder mediático, estrictamente democrático, consiste en la titánica tarea de conservar la credibilidad en medio de un mercado abierto de ideas, datos y narrativas. Llegó la era donde el saludo del gobernante ya no otorga prestigio, sino sospecha.

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