Lourdes Mendoza.
Lo ocurrido esta semana en torno a las madres buscadoras no puede analizarse únicamente como una polémica política más
En México, a la madre no se le toca.
Es un código cultural que atraviesa clases sociales, ideologías y generaciones. La madre representa el origen, el refugio y la certeza. Por eso lo ocurrido esta semana en torno a las madres buscadoras no puede analizarse únicamente como una polémica política más.
Lo que está en juego es algo más profundo: la relación entre el Estado y las víctimas. Así de fuerte. Así de crudo.
Durante los gobiernos de la ‘4T’, las madres buscadoras han ocupado un lugar singular en la vida pública mexicana. No son un partido político. No son un sindicato. No son una organización empresarial. No buscan cargos públicos ni compiten por el poder.
Buscan a sus hijos.
Y precisamente por eso resulta tan delicado que, en medio de un clima de polarización política, causas profundamente distintas terminen siendo percibidas dentro del mismo marco de confrontación.
El agravio que nadie quiso escuchar
Desde el inicio del gobierno de Sheinbaum, diversos colectivos de búsqueda han solicitado espacios de diálogo directo con la presidencia de la República. Con la primera presidenta de México, Claudia Sheinbaum.
Las solicitudes han sido públicas.
Las marchas han sido públicas.
Las cartas han sido públicas.
Las exigencias han sido públicas.
Sin embargo, no han encontrado una interlocución política que equipare la magnitud a la tragedia que enfrentan.
Ese sentimiento acumulado explica buena parte de la indignación que hoy vemos en las calles.
No se trata únicamente de una reunión pendiente.
Se trata de años de espera.
Años de búsqueda.
Años de desgaste emocional; años de luto.
Años de instituciones que no han logrado responder con la eficacia que la magnitud de la crisis exige.
El error estratégico
Toda democracia necesita distinguir entre adversarios políticos y víctimas.
Los adversarios buscan ganar poder.
Las víctimas buscan JUSTICIA, incluso escarbando en la tierra.
Cuando esas categorías se confunden, aparecen errores de diagnóstico institucional.
Y cuando el diagnóstico es incorrecto, las respuestas también suelen serlo.
Por eso el debate no debería concentrarse en si determinadas expresiones fueron interpretadas correctamente o incorrectamente.
La pregunta relevante es otra:
¿Qué ocurre cuando una causa integrada por víctimas comienza a ser observada desde la misma lógica con la que se observa a los adversarios políticos?
La respuesta es evidente.
La confianza se erosiona.
La distancia se amplía.
Y el diálogo se vuelve cada vez más difícil.
El hombre menos indicado para la tarea más delicada
La noche del 10 de junio, el gobierno de la Ciudad de México decidió enviar al secretario de Gobierno, César Cravioto, para dialogar con madres buscadoras y familiares de personas desaparecidas en las inmediaciones del estadio Azteca.
El problema no fue únicamente la reunión.
Fue el mensaje implícito que transmitía esa decisión.
Las negociaciones relacionadas con desapariciones no son trámites administrativos.
Son ejercicios de sensibilidad humana.
Exigen empatía.
Exigen capacidad de escucha.
Exigen autoridad moral.
La insensibilidad no es solamente un problema de comunicación.
Es una barrera para construir confianza.
Y sin confianza no existe negociación posible.
Lo ocurrido en Tlalpan no debe interpretarse únicamente como el fracaso de una conversación.
Debe interpretarse como el fracaso de una lectura política equivocada sobre quién debía encabezar ese diálogo. No quieren aceptar en Morena que los desaparecidos SON SUYOS. SON SUS MUERTOS.
Lo que el Mundial sí mostró
Mientras el mundo observaba a México por la inauguración del Mundial, las madres buscadoras mostraron algo que ninguna campaña institucional puede fabricar.
Portaban playeras de la selección mexicana intervenidas con los rostros de sus desaparecidos.
No llevaban consignas partidistas.
No promovían candidaturas.
No competían por espacios de poder.
Llevaban fotografías.
Nombres.
Historias.
Ausencias.
Dolor.
Su pregunta era sencilla:
“La pelota vuelve a casa. ¿Y tú cuándo? ¿Mi hijo cuándo?”
En esa frase existe más potencia moral que en cientos de discursos políticos.
Porque obliga a recordar algo que con frecuencia se pierde entre estadísticas:
Cada desaparecido tenía una familia.
Cada desaparecido tenía una historia.
Cada desaparecido sigue siendo esperado por alguien.
Cada desaparecido confirma el fracaso de México a manos de la ‘4T’.
El argumento que nadie puede refutar
El problema de fondo no es una conferencia de prensa.
No es una declaración.
No es una movilización.
El problema es que México enfrenta una crisis de desapariciones que ninguna narrativa política ha logrado resolver.
Las madres buscadoras no son una amenaza para el Estado.
Son la evidencia de una deuda pendiente del Estado.
Por eso la discusión no debería centrarse en quién ganó la confrontación de esta semana.
Debería centrarse en una pregunta mucho más importante:
¿Cómo reconstruimos la confianza entre las instituciones y quienes llevan años buscando a sus hijos?
El Mundial terminará.
Las cámaras internacionales se irán.
La conversación pública cambiará de tema.
Las madres seguirán buscando.
Y mientras eso siga ocurriendo, la pregunta seguirá ahí, esperando una respuesta:
¿Cuántos años más tiene que buscar una madre antes de que el Estado la escuche?
Morena calculó mal y todo el mundo vio que México es destrucción y muerte. No hay nada que celebrar.
El Financiero