Antonio Navalón.
En el caso de la lista de Trump, se trata de otra forma de muerte: la muerte civil, la muerte política, la muerte pública
En México la vida política depende, cada vez más, de la lista de Trump. Desde la lista de Schindler no había existido una lista tan definitoria, una lista en la que estar o no estar podía marcar la diferencia entre la vida y la muerte.
En el caso de Schindler, era la muerte física. Era la posibilidad de terminar en las cámaras de gas, asesinado con Zyklon B en los campos de exterminio nazis. En el caso de la lista de Trump, se trata de otra forma de muerte: la muerte civil, la muerte política, la muerte pública. Porque una vez que alguien aparece señalado, con independencia de la objetividad de las pruebas que puedan presentarse después, tendrá que vivir con el estigma de haber sido sospechoso de ser socio, aliado o protector del sindicato del crimen.
Esa es la situación. Y se mire por donde se mire, es grave.
Es grave, es incómoda y, sin duda, ventajosa para quien la utiliza como instrumento de presión. Nadie dijo nunca que Estados Unidos, cuando discute, presiona o negocia sus intereses, sea un ejemplo de caballerosidad diplomática.
En ese sentido, se nota la relación especial con el antiguo imperio británico. Siempre me impresionó el hecho de que una de las formas más refinadas de distancia, de racismo y de diferencia social haya sido inventada por los ingleses.
¿Saben en qué consiste? En que, mientras más refinadas y educadas son las formas, más profunda puede ser la distancia. Cuanto más impecable parece el respeto, más visibles se vuelven las fronteras reales entre las clases, los poderes y las jerarquías.
Pero, por lo demás, son tan implacables unos como otros. “En el nombre de Dios y de su derecho”, como dice la divisa de la corona británica, pero sobre todo en el nombre del destino manifiesto que hizo que Estados Unidos naciera con vocación de convertirse en el primer imperio de la Tierra. El problema es durante cuánto tiempo puede seguir siéndolo, a qué costo y con qué consecuencias. Y también si ha sabido serlo y si todavía sabe serlo.
Pero nosotros, los mexicanos, somos otra cosa. Mire, si usted no está en la lista…¡enhorabuena! Porque eso significa que, al menos por ahora, una parte de los problemas inmediatos de este país no le va a afectar directamente.
Pero si usted es un cargo electo, un cargo designado, un funcionario de confianza o alguien que sirve, al menos teóricamente, al interés general del pueblo mexicano –aunque en muchos casos termine sirviéndose a sí mismo y a los suyos–, tiene que saber que ya no hace falta esperar una llamada para que le digan lo que debe hacer. La vida política del país, la vida administrativa y buena parte de la toma de decisiones públicas están paralizadas.
Todos estamos pendientes de qué viene después. A quién le tocará. A quién van a pedir. Qué van a exigir. Qué nombres aparecerán. Qué expedientes se abrirán. Qué consecuencias tendrá la designación de los cárteles mexicanos como organizaciones terroristas extranjeras y si esa lógica terminará alcanzando, directa o indirectamente, a estructuras políticas, financieras o administrativas del país.
Es decir, como enseñaba Sun Tzu en El arte de la guerra, la máxima expresión de la estrategia no consiste necesariamente en destruir físicamente al enemigo, sino en quebrar su resistencia, neutralizar su voluntad y anular su capacidad de respuesta sin necesidad de librar una batalla abierta.
Y aquí estamos, esperando que caiga el rayo y nos fulmine. Mientras tanto, el gobierno, el país, la economía, el futuro y el presente parecen atrapados en una misma parálisis.
Es una enorme responsabilidad para todos. Soy de los que creen que, por las cuentas que les traen, no buscarán la destrucción total de México. Pero sí creo que están haciendo lo que siempre han hecho los grandes poderes cuando negocian desde una posición de fuerza: utilizar cada carta disponible, cada expediente, cada amenaza y cada señal para imponer condiciones. No estamos de rodillas, pero sí estamos rodeados de tantos problemas que nos cuesta concentrarnos en la correcta defensa de nuestros intereses.
Y en medio de todo eso, imagínese usted lo que significa gobernar tratando de adivinar el alcance de la catástrofe y, al mismo tiempo, resolver los problemas de la administración ordinaria. En un mundo y en un sistema en el que, por mucho que haya habido un incremento de la inversión extranjera directa –recientemente México registró un récord de 23 mil 591 millones de dólares en el primer trimestre de este año, registrando un crecimiento anual de 10.4% frente al mismo periodo del año pasado–, el país no puede permitirse una parálisis administrativa ni una política pública basada exclusivamente en la espera, el miedo o la reacción.
Necesitamos un plan de gobierno. Sobran políticos administrando sus necesidades; lo que hace falta es una política nacional para el país. Mientras esperamos, todos los días estamos alerta y ansiosos sobre el alcance de la catástrofe que en cualquier momento puede llegar en forma de carta, de sanción, de expediente o de lista. La lista de Trump.
Es fundamental que el Estado mexicano, con su jefa a la cabeza, entienda varias cosas. Primero, que la lista no puede paralizar al país. Segundo, que la política de enfrentamiento no puede basarse en la confusión entre defender la soberanía nacional y proteger a quienes sean producto de una reclamación fundada en investigaciones judiciales. Tercero, que si Estados Unidos presenta pruebas sólidas, México tendrá que responder con Estado, con derecho, con inteligencia y con estrategia, no con negación automática ni con retórica vacía.
Porque, en definitiva, en los expedientes relacionados con Sinaloa y con las redes de protección política y financiera del narcotráfico, Estados Unidos ya cuenta con declaraciones, juicios, condenas y acuerdos de culpabilidad de figuras centrales. Ya no solo hablamos de los controversiales casos como fue la captura de El Mayo Zambada, de Genaro García Luna o de otros casos que han fragmentado la credibilidad institucional mexicana, sino que ahora las investigaciones van dirigidas a la estructura y a todo lo que permitió que el desorden se instalara como forma de gobierno en nuestro país.
Por eso el problema no puede reducirse a una discusión de orgullo nacional. La soberanía se defiende con instituciones, con expedientes bien construidos, con justicia propia y con capacidad de limpiar la casa antes de que otros pretendan hacerlo desde fuera.
No merecemos morir en la confusión de que nuestro problema era no poder defendernos. Tampoco merecemos morir en la excusa de que no supimos desembarazarnos de los malos. México necesita decidir si va a enfrentar esta crisis como un Estado adulto, capaz de distinguir entre soberanía y complicidad, entre dignidad nacional y encubrimiento, entre defensa legítima e impunidad.
La lista de Trump puede ser abusiva, incómoda, unilateral y políticamente interesada. Pero sería un error suicida creer que el problema empieza y termina en Washington. El verdadero problema está en lo que esa lista revela, en lo que amenaza con revelar y en lo que México no ha querido, no ha podido o no se ha atrevido a resolver por sí mismo.
El Financiero