EL GENERAL HUYÓ HACIA ESTADOS UNIDOS

Miedo, ruptura y supervivencia detrás del caso Mérida (FOTO Jesús Verdugo)

Álvaro Aragón Ayala.

Un General mexicano especialista en inteligencia y entrenado para combatir amenazas terminó cruzando la frontera hacia el país que hoy lo mantiene bajo custodia. Allí, precisamente allí, comienza el análisis sobre la verdadera dimensión política, psicológica y geopolítica del caso Gerardo Mérida Sánchez.


La confirmación sobre la presencia del exsecretario de Seguridad Pública de Sinaloa en territorio estadounidense ofrece la lectura de la aparente fractura de un pacto de silencio y la activación de lo que analistas consideran un protocolo personal de supervivencia extrema.


Los manuales clásicos de estrategia militar y los tratados de guerra contemporáneos establecen que un comandante no se entrega a sus adversarios en busca de castigo, sino en busca de asilo táctico (protección). Las doctrinas de contrainteligencia señalan que la deserción de un alto mando militar ocurre bajo la premisa de que el territorio propio se ha vuelto más letal que el del enemigo.


«Cuando las líneas de comunicación internas están rotas y el propio soberano se vuelve sospechoso, el terreno seguro ya no existe; la única maniobra racional es cambiar de tablero.» —: Adaptación de los principios de repliegue de Sun Tzu, autor del Arte de la Guerra.


Bajo esta lógica, el General Mérida cruzó la frontera buscando más bien un escudo, no una celda estadounidense. Es muy probable que, al evaluar los riesgos, concluyera que el sistema judicial de EE. UU., con todas sus severas restricciones, le ofrecía una garantía que su propio país ya no podía —o no quería— asegurarle: la vida. Ante la perspectiva de una traición interna, ponerse en manos de Washington se perfila como una última maniobra de defensa.


Dentro de las teorías de la conspiración política y los análisis de seguridad más oscuros, existe un axioma implacable: en el submundo del poder, la información no siempre es un chaleco antibalas; a menudo es un blanco en la espalda. En el llamado “Estado profundo” (deep state), el crimen es descrito como un elemento constantes para salvaguardar el estatus quo.


De ahí que la hipótesis más sólida apunte a que Mérida sí temía a la justicia norteamericana, pero su verdadero pánico habría sido quedarse en México y convertirse en un “blanco silenciable” ya que en los niveles más altos del aparato estatal y del crimen organizado los mensajes de peligro rara vez llega de frente. Primero aparecen los silencios. Después las distancias. Luego la evaporación de los respaldos políticos. Finalmente, surge la certeza de que el tablero cambió y de que se ha pasado a ser desechable.


La historia mexicana está plagada de personajes que sabían demasiado y terminaron sufriendo «accidentes», infartos oportunos o suicidios inexplicables antes de subir a un estrado judicial. Si una estructura criminal o política se tambalea, la forma más rápida de contener el daño es cortar los hilos que la conectan con los enlaces operativos.


El General Gerardo Mérida parece haber descifrado el momento en que la estructura comienza a sacrificar piezas para preservar los niveles superiores. En el México actual, la fría lógica del análisis sugiere que estar vivo y encarcelado en una prisión federal de máxima seguridad en EE. UU. es percibido como un destino infinitamente superior a terminar sepultado bajo el peso de un secreto de Estado en suelo patrio.


La perspectiva de la huida altera, pues, completamente el significado de la entrega-detención. No sería un simple caso de un exfuncionario estatal con rango militar de primer nivel intentando reducir una condena, sino el de un estratega de inteligencia consciente de que su único valor de cambio son sus secretos.


Estados Unidos entiende perfectamente esta psicología de la vulnerabilidad. Por ello, el sistema federal norteamericano asfixia a sus objetivos mediante expedientes sellados y presión financiera, dejando una sola puerta de salida: la cooperación.


Un general con los conocimientos y trayectoria de Mérida y su estancia en Sinaloa de un año tres meses en la Secretaría de Seguridad, podría poseer lo que muchos expertos en seguridad consideran las llaves de la caja negra del Estado.


Esta información estratégica conduciría a los Mapas de Relaciones que revelarían quién dio las órdenes, destapando los rostros de los intermediarios y los mandos políticos que operaban detrás del uniforme; la Ruta del Dinero que detallarían hacia dónde fluyeron los recursos y qué cuentas bancarias habrían alimentado la complicidad y los Pactos de Impunidad, los acuerdos de no agresión y las lealtades compradas que habrían permitido la convivencia entre el crimen y la autoridad.


Esto cambiaría, entonces, el paradigma toda vez que Washington ya no sólo perseguiría cargamentos de droga; estaría ejecutando una penetración judicial en las estructuras de seguridad mexicanas. El expediente Sinaloa ya no buscaría “capos di tutti capi” ni sicarios altamente letales, sino a los protectores institucionales de los líderes del narcotráfico.


Asi, la señal más inquietante no proviene de Washington, viene de la propia caída del uniforme. Un hombre formado para encarnar la soberanía, la autoridad y la fuerza del Estado mexicano habría terminado buscando refugio en el extranjero para salvarse de sus propios aliados.


Tal vez allí reside la verdadera y aterradora magnitud del caso Mérida: no en la entrega-captura de un sospechoso, más bien en la aparente confirmación de que, por primera vez en mucho tiempo, uno de los guardianes del sistema descubrió que el monstruo al que servía habría decidido devorarlo.

Notas relacionadas