El fin de un engaño

Raymundo Riva Palacio.

El expresidente Andrés Manuel López Obrador y Sheinbaum pidieron durante todo este tiempo información a Washington sobre la captura de Ismael ‘El Mayo’ Zambada

La presidenta Claudia Sheinbaum estaba ayer profundamente indignada. Y no era para menos. La semana pasada, un reportaje de Luis Chaparro en el portal Pie de Nota mostró un avión donado por el FBI al museo War Eagles del aeropuerto internacional del Condado de Doña Ana, en la frontera con Chihuahua. Ese museo nunca había estado en el imaginario mexicano, hasta convertirse en el punto de quiebre más importante de la relación entre México y Estados Unidos que se recuerde en décadas. El avión, un Beechcraft King Air construido hace 50 años, es en el que viajaron Ismael El Mayo Zambada y Joaquín Guzmán López el 25 de julio de 2024, una fecha que será histórica, más allá porque fuera el día en que los capturaron.

La difusión del reportaje cambia formalmente la historia de cómo fue detenido Zambada por las autoridades estadounidenses, que dijeron que había sido resultado de una trampa tendida por Guzmán López, hijo de Joaquín El Chapo Guzmán y ahijado de El Mayo. La exhibición del avión fue un mensaje directo a la presidenta en estos tiempos de turbulencia por el diferendo sobre la extradición del exgobernador de Sinaloa, Rubén Rocha Moya, para exhibir explícitamente que la captura fue una operación encubierta y que decidieron nunca decirle nada a los mexicanos, hasta la semana pasada, cuando parte de la verdad se la estrellaron en la cara al gobierno.

El expresidente Andrés Manuel López Obrador y Sheinbaum pidieron durante todo este tiempo información a Washington sobre la captura. Quién sabe qué esperaban como respuesta, pero probablemente jamás consideraron que llegaría con el reconocimiento de que violaron la soberanía mexicana, y que hoy en día, en las condiciones en las que se encuentra la relación bilateral, no les importan las consecuencias, quizás, porque saben que la reacción será limitada, como lo fue. Hasta ayer, más allá de la molestia, fue una acusación acotada: el exembajador Ken Salazar le mintió al gobierno mexicano sobre los pormenores de la captura.

Salazar es un fusible quemado y desechable para su gobierno. El exembajador está consciente de ello y recién escribió un libro en donde intenta recortar sus pérdidas ante la tormenta política que, debe haberlo sabido o intuido, vendría sobre él. Salazar dijo lo único que le informó el Departamento de Estado, pero no sabía nada del operativo, porque el FBI, que lo diseñó, y la Oficina de Investigaciones Internacionales del Departamento de Seguridad Nacional, que la ejecutó, no le informaron lo que vendría por la creencia de que lo filtraría a López Obrador y eso boicoteara la captura.

Lo que suceda con la imagen de Salazar nada importa ni a demócratas, que son quienes lo aislaron, y menos aún a los republicanos. En varios sectores del gobierno estadounidense y el Capitolio estaban convencidos de que los únicos intereses que defendía eran los mexicanos. El trato que le dio Sheinbaum ayer, más que de indignación por los engaños de un diplomático, es el enojo contra un traidor, porque López Obrador le daba tratamiento de activo de la ‘4T’. En Palacio Nacional, de acuerdo con un funcionario que conoce los detalles, le habían dado una pequeña oficina para que en sus múltiples visitas tuviera un lugar donde hacer llamadas a través de un equipo encriptado. Salazar mintió porque Washington no le dio información; es el perfecto chivo expiatorio.

Detalles de la operación contra Zambada fueron aportados por varios periodistas, que algunas veces coincidían y en otras discrepaban. No obstante, había información que se ha venido corroborando a la que el gobierno mexicano nunca tuvo acceso oficial. En este espacio se publicó en agosto de 2024 (se puede leer en la liga https://shorturl.at/yGtAf) que Zambada llegó al rancho La Higuerita, en la zona metropolitana de Culiacán, a un encuentro convocado por Guzmán López para resolver un diferendo entre Rocha Moya y Héctor Melesio Cuén, líder del Partido Sinaloense.

“De acuerdo con las piezas del rompecabezas que han trascendido, Cuén fue citado a una hora distinta a la de los demás, y nunca llegó al encuentro porque fue asesinado el mismo día de la captura, el 25 de julio, en La Presita, a 22 kilómetros de La Higuerita”, se agregó en la columna. “Cuando llegó Zambada al rancho, lo llevaron a uno de los cuartos donde le dijeron que sería la reunión. En otra habitación se encontraba Guzmán López. El Mayo, que siempre se manejaba con un bajo perfil, llegó con cuatro escoltas que lo esperaban afuera del cuarto donde entró, y que fueron sorprendidos por un comando estadounidense de seis elementos que los eliminó.

“Guzmán López, el que menos involucrado está en el narcotráfico, fue extraído como parte de una negociación que hizo su hermano Ovidio para recibir beneficios del sistema de justicia –la víspera lo (habían sacado) de la prisión y lo llevaron a una casa de seguridad. Tras capturar a Zambada y Guzmán López, (fueron llevados) a una aeropista no lejana de La Higuerita, donde los subieron a un Beechcraft King Air, una muy eficiente aeronave de turbohélice, junto con los seis comandos y un solo piloto. El avión no voló directamente al aeropuerto Doña Ana, en Santa Teresa, Nuevo México, muy cerca de El Paso, Texas, donde oficialmente los tomaron en custodia, sino que hizo una fugaz escala en Hermosillo.

“Según explicaron los funcionarios mexicanos, la razón de esa medida es que, por acuerdos internacionales, no puede viajar directamente ningún avión de hélice entre los dos países sin haber pasado migración. En caso de que lo hiciera, los sistemas de alerta de los dos países lo detectan. Para evitar contratiempos con la operación clandestina, el Beechcraft King Air aterrizó en Hermosillo, para que, sin detenerse, diera la vuelta en la pista y retomara el vuelo a Estados Unidos. Aparentemente, un agente de migración al servicio de los estadounidenses hizo el trámite falso de verificar a los pasajeros”.

López Obrador solo recibió migajas de información con verdades incompletas, mentiras y desinformación, porque ese país, se apuntó entonces, jamás reconocería una operación clandestina en México. Estaba equivocado. La semana pasada no solo la admitió sino que la exhibió, metiendo en un nuevo problema político-existencial a la presidenta. ¿Qué cambió? Lo sustantivo de aquel episodio: que la culpabilidad de Rocha Moya en el entramado narcopolítico se ha convertido en un encubrimiento institucional.

El Financiero

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