2027: Ricardo Madrid intenta desplazar a los morenistas

El dirigente estatal del PVEM representa en el Congreso Federal a la Ciudad de México, Puebla, Tlaxcala, Morelos y Guerrero, no a Sinaloa

Álvaro Aragón Ayala

Morena-Sinaloa enfrenta una cruda guerra interna por la sucesión. El PRI intenta sobrevivir al desgaste de su desplazamiento. El PAN continúa sin brújula estratégica para erigirse en una alternativa competitiva, y el Partido Verde Ecologista de México (PVEM) pretende asaltar la Coordinación de la Defensa de la Transformación con el camaleónico Ricardo Madrid Pérez, quien, en el Congreso de la Unión, no representa los intereses del estado.


El análisis de la coyuntura se concentra, pues, en las contradicciones de un proceso en ciernes. Morena libra una disputa intestina entre el bloque leal al gobernador con licencia Rubén Rocha Moya y los grupos «disidentes» que buscan edificar una alternativa interna. Es en este reacomodo donde el Partido Verde pretende lucrar políticamente.


Sin embargo, el PVEM arrastra un vicio de origen: su nula credibilidad. Más que un partido con identidad orgánica, la franquicia del tucán en Sinaloa opera como una agencia de colocaciones especializada en administrar coyunturas, reciclar deshechos políticos y chantajear posiciones de poder al amparo de las alianzas electorales. No es una percepción realizada a la ligera; es el saldo acumulado de un pragmatismo vulgar.


El ascenso y mutación de Ricardo Madrid Pérez, impuesto desde el centro como «encargado» del Verde en Sinaloa, sintetiza perfectamente esta lógica de supervivencia cupular. Su trayectoria exhibe el ADN del oportunismo: fue un cuadro mimado del PRI, funcionario de primera línea en el sexenio de Quirino Ordaz Coppel, diputado local y, posteriormente, uno de los operadores más dóciles del gobierno rochista dentro del Congreso del Estado, plataforma que utilizó como trampolín para transitar hacia el Partido Verde.


Hoy, con un cinismo político paradigmático, Madrid vuelve a colocarse en el centro de la provocación al registrarse como aspirante a la Coordinación Territorial de la Cuarta Transformación en Sinaloa. Su registro activó una interrogante de fondo que exhibe su simulación: el hoy aspirante nunca ha ganado una elección federal mediante el voto directo y mayoritario de los sinaloenses. Su acceso al Congreso de la Unión provino de una cómoda diputación plurinominal, obsequiada en las listas de la Cuarta Circunscripción.


Ese dato es una mancha de ilegitimidad geográfica y social. La Cuarta Circunscripción Federal que Ricardo Madrid formalmente representa abarca a la Ciudad de México, Puebla, Tlaxcala, Morelos y Guerrero; Sinaloa está excluida de esa demarcación. En consecuencia, Madrid Pérez legisla formalmente para el centro y sur del país, cobrando como representante ajeno mientras mangonea en la entidad el PVEM y pretende coordinar un territorio que abandonó en la pasada elección. Se fue a la Ciudad de México. Su «representación» es un artificio legaloide, desprovisto de arraigo popular en el Sinaloa que hoy intenta pastorear.
En términos jurídicos, la convocatoria no frena su audacia; en términos políticos, su postulación alimenta un debate estrepitoso:

¿con qué autoridad moral se construye un discurso de «representación territorial» cuando el propio escaño legislativo le fue conferido por votantes de otras entidades? La pregunta no objeta la legalidad del trámite, sino la desfachatez con la que Madrid cambia de ropaje, de siglas y de «territorialidad» según convenga a su agenda personal.


En tanto el Verde opera este intento canallesco de suplantación, Morena vive una confrontación interna descarnada. El rochismo actúa como un bloque compacto decidido a retener el control de la sucesión, frente a sectores que despliegan estrategias de desgaste para acotar a los delfines oficiales. Es una batalla abierta, una guerra de guerrillas por la narrativa pública y el control del aparato partidista. Paralelamente, viejos operadores estratégicos, exfuncionarios y esquiroles mediáticos vinculados históricamente al PRIAN impulsan escenarios para incidir indirectamente en la definición de la candidatura oficialista. La lógica de la oposición tradicional es elemental: ante su incapacidad para construir liderazgos competitivos, apuestan a forzar que Morena postule al perfil más vulnerable. No buscan fortalecerse a sí mismos, sino inducir al adversario a elegir la opción más débil y cuestionable de la baraja.


En ese tablero, el PRI y el PAN continúan atrapados en su propio laberinto de simulación, limitados a reuniones privadas, fotografías forzadas de unidad y activismo estéril en redes sociales, sin una estrategia territorial real que altere la correlación de fuerzas. Ese vacío es el que pretende capitalizar el Partido Verde como actor emergente.


No obstante, el PVEM enfrenta el mayor déficit de legitimidad en la competencia. Su historia reciente está marcada por la colonización de advenedizos, la dependencia parasitaria respecto a los votos de Morena y una estructura que se sostiene mediante negociaciones cupulares, carente de bases sociales propias.

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