Álvaro Aragón Ayala.
La cripta política de Sinaloa volvió a abrir sus pesadas puertas de bronce para exhibir las miserias humanas que se creían olvidadas
La solicitud de registro de quienes pelean la coordinación de la llamada cuarta transformación activó prematuramente la competencia interna y removió los sedimentos de la memoria colectiva. Desde las galerías del pasado comenzó a soplar un viento frío, cargado de nombres, episodios, expedientes y viejas historias que muchos creían sepultadas.
Los armarios, convertidos durante años en improvisados mausoleos, cedieron ante el peso del tiempo. Sus cerraduras crujieron y los osarios, cuidadosamente disfrazados con el traje de la virtud pública, empezaron a abandonar la oscuridad para desfilar bajo el reflector de la opinión ciudadana.
En ese complejo teatro de sombras no existe la inocencia absoluta. Cada aspirante carga consigo una hoja de vida; cada semblanza posee páginas incómodas; cada proyecto arrastra herencias, relaciones, silencios y circunstancias que tarde o temprano regresan para reclamar un espacio en la futura nómina gubernamental.
La política tiene una memoria más larga de lo que muchos imaginan. Lo que ayer parecía definitivamente enterrado suele despertar cuando el poder vuelve a ponerse en disputa.
Corría, pues, el invierno de 2009. Era el 22 de diciembre. La neblina cubría Culiacán cuando, en la colonia Gabriel Leyva, sobre la avenida Álvaro Obregón, una lujosa camioneta fue perforada por una lluvia de balas. Murieron un alto funcionario del sector turístico estatal y su escolta.
La investigación oficial siguió su propio curso. Sin embargo, como ocurre en la entidad, paralelamente a los asesinatos sobrevivieron las versiones y las hipótesis construidas en las calles, en las redacciones y en los cafés políticos. Durante años persistió la narrativa de que aquel atentado respondía al cobro de antiguas cuentas relacionadas con operaciones de lavado de dinero, incluso vinculadas a casas de cambio. Cinco años antes, otro integrante de esa misma familia perdió la vida tras un secuestro que también alimentó innumerables interrogantes.
Hoy, una figura perteneciente a ese mismo árbol familiar -un político que ha transitado con habilidad por el Congreso local y el federal- emergió como uno de los custodios del discurso de la regeneración nacional y de la moral política.
Con ese resurgimiento también reaparecieron documentos mercantiles y registros públicos que muestran la constitución, en 2007, de una empresa inmobiliaria familiar fundada cuando su principal impulsor apenas contaba con 26 años de edad. Años después, aquella sociedad modificó significativamente su objeto social para incursionar en obras hidráulicas, dragados e infraestructura, justamente durante el periodo en que dicho personaje desempeñaba responsabilidades dentro de una secretaría federal.
Los hilos no terminan ahí. La red de relaciones conduce hacia antiguos y nuevos grupos vinculados al ramo corporativo, matrimonios entre estirpes de influencia, lazos familiares y personajes que hoy ocupan posiciones estratégicas. En este ámbito, pocas coincidencias dejan de ser examinadas cuando comienza la disputa por el mando.
La memoria también lleva a varias décadas atrás. En enero de 1974, los diarios de la época publicaron a ocho columnas la captura de los presuntos responsables del homicidio de un agente de la Policía Judicial y de un velador. Entre las fotografías aparecía el rostro de un joven identificado entonces con las organizaciones radicales Los Enfermos y la Liga Comunista 23 de Septiembre.
Los archivos de la extinta Dirección Federal de Seguridad (hoy Centro Nacional de Inteligencia) conservan testimonios, declaraciones y documentos que forman parte de aquel episodio de la llamada guerra sucia. Con el paso del tiempo, ese protagonista logró incorporarse plenamente a la vida institucional hasta convertirse en uno de los operadores más influyentes del Poder Legislativo y del gobierno estatal.
Otro que aspira a impulsar a los suyos a las glorias del olimpo arrastra las cadenas de épocas de horror generalizado. Cierto. En los anales del poder sinaloense se esconde la sombra de un antiguo jerarca que quiere influir en el proceso interno de Morena y que, bajo la narrativa de pacificar la comarca, desató una carnicería fría y quirúrgica: la orden fue limpiar la plaza exterminando a sangre y fuego a la dinastía de los Beltrán para entregarle el monopolio absoluto del territorio al cártel hegemónico de Sinaloa. Una guerra de exterminio disfrazada de ley y orden.
A esta danza macabra se suman los herederos y aliados de un refinado gobernante posterior, hoy con ropaje de embajador plenipotenciario; un cómplice de altos vuelos de modales aterciopelados. Bajo su gestión, las venas del narcotráfico penetraron de forma definitiva en la estructura misma del gobierno, institucionalizando el Estado Profundo. Hoy, los cachorros de copete y aliados de esa administración pretenden presentarse ante las masas verdes y morenistas con alas de ángel, esperando que el electorado sufra de amnesia colectiva.
Se mueven, además, en el entorno de este proceso, fantasmas siniestros como René Bejarano, el Señor de Las Ligas, enturbiando las aguas del proceso interno que apenas está por arrancar. Él levanta la mano como promotor político a la distancia.
Por eso la sucesión se convirtió también en un ejercicio de memoriosos. La jornada interna para elegir al coordinador de la 4T en Sinaloa enfrentará pasados. Cada registro obligará a revisar conductas, viejos y nuevos pactos, decisiones, omisiones y compañías. No existen perfiles impecables ni antecedentes completamente asépticos. La política, como la historia, deja cicatrices.
Así, los expedientes comienzan a desempolvarse. Las tumbas del ayer vuelven a abrirse. Los esqueletos abandonan nuevamente los clósets. Y será el ciudadano con la información disponible, con su memoria y con su propio juicio, quien termine asignando nombre y rostro a cada uno de los fantasmas que hoy regresan para acompañar la sucesión política de Sinaloa.