Cayetana Álvarez-Salinas Pliegoy el cinismo de la “República Corporativa”

Encuentro político en la Universidad de la Libertad/fotocomposición SDPNoticias

Álvaro Aragón Ayala.

La visita de la diputada Cayetana Álvarez de Toledo a México pertenece a una fase de las partituras del poder. Quien haya escuchado su alocución en la Universidad de la Libertad y considerado que fue una conferencia académica o un diagnóstico desinteresado sobre la salud democrática, padece de una incurable miopía civil ya que no se trató de un foro de reflexión, sino de una escenografía de legitimación transatlántica. A la distancia del horizonte presidencial de 2030, la marquesa e “intelectual” de la derecha ibérica no pronunció solamente un discurso; certificó, de hecho, la candidatura el proyecto político de Ricardo Salinas Pliego.


Cayetana no habló en nombre de una España unánime, pues no encarna el consenso de su nación. Es la voz de una facción: el ala más ideologizada y radical del Partido Popular, una corriente liberal-conservadora que defiende firme y abiertamente la monarquía parlamentaria y la figura de la Corona en España y cree poseer el monopolio de la estatura moral. Resulta una paradoja de un cinismo amargo que una aristócrata por derecho de sangre, defensora de una jefatura de Estado hereditaria e incompatible con la igualdad democrática pura, pretenda impartir cátedra de soberanía y republicanismo en México, la tierra que abolió los títulos nobiliarios hace dos siglos.


El discurso en su “conferencia”, Álvarez de Toledo se sostuvo sobre una falacia de autoridad moral que se desmorona al menor contacto con los datos empíricos. Rigurosamente hablando, la España desde la cual diagnostica los males mexicanos es una nación de realidades rotas que atraviesa por una aguda crisis crónica de gobernabilidad: una polarización que fractura sus instituciones, tensiones separatistas latentes que desafían la integridad territorial del Estado, una economía que arrastra una deuda pública asfixiante, un desempleo juvenil históricamente trágico para los estándares de la Unión Europea, una sociedad golpeada por la precariedad laboral, la pobreza infantil y una falta de vivienda sin precedentes.


¿Y el narcotráfico? España es la principal aduana de la cocaína y el hachís que envenenan a Europa. Sus puertos son monopolios logísticos de mafias globales. La única diferencia con México es el monopolio de la violencia territorial, no la pureza de sus instituciones. Sin embargo, Cayetana omitió este inventario de decadencias. Si Nicolás Maquiavelo, el secretario Florentino, analizara esta omisión, sonreiría con desdén: sabría que la verdad es la primera baja cuando se busca moldear la percepción del Estado. Para el florentino, el gobernante o el aspirante a serlo no debe buscar la verdad social, sino la construcción de un mito utilitario. Cayetana no ocultó los males de España por ignorancia, sino por diseño: el mito del país perfecto es el garrote ideal para golpear a México y sus gobernantes.


¿Por qué habló Cayetana desde una supuesta superioridad ética? Porque su discurso no es una comparación metodológica; es una guerra santa ideológica. Su objetivo no es demostrar que España resolvió sus contradicciones, sino sentenciar que la ruta de la llamada Cuarta Transformación es un error histórico. Carl Schmitt, el jurista alemán, establecería que la diputada monárquica no arribó a debatir con el gobierno de Morena; vino a deshumanizarlo mediática y políticamente, a trazar la línea divisoria entre los “salvadores de la libertad” y los “enemigos de la República”. Al importar esta polarización teológica, la legisladora buscó suspender el matiz intelectual para justificar un estado de excepción discursivo: frente al «monstruo populista», cualquier alianza es legítima, incluso la subordinación de la política al dinero.


Si Schmitt aporta el marco teórico, José Fouché desvelaría la mecánica de la tramoya. El genio de la impostura y el espionaje político observaría a Cayetana y dictaminaría de inmediato: “No ha cometido un crimen, ha cometido un error: ha hecho demasiado evidente el propósito”. Fouché sabría que la sobreactuación de la pureza republicana de Cayetana es el velo clásico para ocultar una ambición mundana. Para el Duque de Otranto, la política es el arte de la simulación. El viaje de la diputada no fue tanto un acto de audacia, sino un encargo de relaciones públicas internacionales: prestar un acento extranjero y un “apellido ilustre” para que el capital financiero pueda adquirir el brillo de autoridad intelectual que tanto le urge.


Es imposible, pues, desvincular el libreto de Cayetana de la ingeniería electoral contemporánea que también ha teorizado Jaime Durán Barba. En la lógica del consultor del pragmatismo pop, las ideas no ganan elecciones; las emociones y el ataque quirúrgico, sí. El discurso de Álvarez de Toledo fue una inyección de miedo y urgencia civil, una campaña negativa empaquetada como alta literatura política. Se apela a las vísceras del votante de clases medias y altas, sembrando el pánico hacia el “autoritarismo” para activar el reflejo de autodefensa. No hay propuesta económica, no hay proyecto alternativo de nación: hay un enemigo común y un salvador con chequera.


El verdadero protagonista de la jornada ocupó el palco de honor: Ricardo Salinas Pliego. La Universidad de la Libertad no es un claustro académico; es el cuartel general donde se edifica el polo intelectual, empresarial y mediático de la oposición de derecha con miras al 2030. La presencia de Cayetana tuvo una función puramente simbólica: otorgar un sello de validación global a una narrativa prefabricada, una donde el magnate ya no es el hombre de negocios cuestionado por el fisco, sino el referente moral y el último bastión de las libertades individuales.


La gran contradicción que condena la puesta en escena al terreno de la farsa es la siguiente: mientras Cayetana Álvarez de Toledo advertía con voz trágica sobre las amenazas a la soberanía mexicana por parte del Estado, santificaba simultáneamente la mayor concentración de poder privado que ha visto el México moderno. Si la soberanía de una República consiste en impedir que los intereses fácticos y particulares secuestren la voluntad pública, la sumisión de una “intelectual” ante el dueño de un imperio financiero y de telecomunicaciones es el acto más antisoberano imaginable. No defendió la democracia; legitimó, en sí, la transmutación del capital económico en autoridad pública. Llegó a decretar que la riqueza es el nuevo título de nobleza que otorga el derecho a gobernar.


La imagen que sobrevive al ruido mediático del discurso de Cayetana es perturbadora. La sociedad mexicana observó a la defensora de los privilegios heredados de la Corona borbónica bendiciendo la plataforma política del hombre que pretende sustituir el debate de las ideas por el poder del algoritmo y la pantalla televisiva. Más que una alternativa democrática, lo que el espejo de Cayetana y Salinas Pliego reflejó es el intento de restauración de una vieja patología: la construcción de una monarquía sin corona, un neofeudalismo corporativo donde el linaje de la sangre es reemplazado, con idéntica arrogancia, por el linaje del dinero.

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EL PACTO DE QUIRINO ORDAZ CON RICARDO SALINAS PLIEGO

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