El Fuerte: arrepentimiento colectivo por el desempeño de Gildardo Leyva

Álvaro Aragón Ayala.

​Una medición realizada por el periodista Filiberto Sánchez Camacho alborotó el gallinero de la política en El Fuerte, recordándo que, en el inventario de las decepciones nacionales, siempre hay espacio para un mentiroso caído.

El ejercicio, que no es otra cosa que la autopsia de un entusiasmo caduco, reveló que la ciudadanía pasó del romance electoral a la resaca del “hubiéramos”, descubriendo -tarde, como suele ocurrir en la democracia de la buena fe- que elegir a Gildardo Leyva Ortega fue un tropiezo político y administrativo.

​La encuesta prescinde de la cortesía diplomática y los eufemismos de oficina. Bajo el demoledor epígrafe de “Gran equivocación de los ciudadanos fortenses al elegir a Gildardo Leyva Ortega”, se despliega un catálogo de la desolación institucional.

Es la crónica de una gestión que confunde el ejercicio del poder con el arte de la invisibilidad, donde el abandono es el estilo de gobierno predominante frente a una ciudadanía que ya no sabe si exigir resultados o ir a sacarlo a empujones de Palacio Municipal.

​En la relatoría del descontento recopilada por Sánchez Camacho, el veredicto popular se organiza en una santísima trinidad de agravios:

​Resultados tan discretos que rozan lo inexistente en las áreas donde el municipio se juega la vida.

​Un malestar de alta intensidad ante decisiones administrativas que parecen tomadas con la lógica de quien ignora que el presupuesto es público y la paciencia, privada.

​La consolidación de una opacidad que se confunde con el misterio religioso, dejando la eficiencia en un rincón olvidado de la retórica de campaña.

​El diagnóstico no requiere de especialistas en ciencias políticas: la “esperanza” que se vendió en los mítines terminó siendo un producto de consumo inmediato con fecha de caducidad vencida. No hay tangibilidad, no hay resultados, sólo la vaga sensación de que el cambio fue, en realidad, una mudanza hacia el desastre.

​El eco de esta encuesta es el prólogo del 2027, ese año donde las promesas incumplidas se cobran con el interés compuesto de la indignación. En el teatro de la política sinaloense, donde el olvido es la estrategia favorita, este tipo de evaluaciones dibujan un panorama de nubarrones para quienes hoy despachan con la seguridad de quien se cree dueño de la silla y no su inquilino temporal.

​Llamar a una elección “gran equivocación” es el equivalente civil a un excomunión política. Es el juicio severo de una población que ha decidido que ya no le alcanzan las sonrisas para llenar los baches ni las explicaciones para justificar el estancamiento.

El resultado de la encuesta es implacable: un gobierno que no supo (o no quiso) traducir el triunfo en gestión, y que hoy camina hacia el “voto de castigo” como quien se dirige voluntariamente al patíbulo del desprecio electoral.

​Lo difundido por Filiberto Sánchez en “D’Chaleco” es el recordatorio de que la ciudadanía, cansada de ser decorado en el drama del caudillismo local, empezó a observar y sentenciar con el rigor de un fiscal: Gildardo Leyva es el peor alcalde que ha tenido El Fuerte.

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