No es un “cangrejito playero”, es Mingo Vázquez en campaña en El Maviri

Álvaro Aragón Ayala.

En plena Semana Santa, Domingo -Mingo- Vázquez cambió los pasillos alfombrados del sindicato de la CFE por la caliente arena de El Maviri, transformándose en una especie de Cangrejo de Sombra, ese crustáceo que, tras años oculto en las grietas del sistema, sale a la superficie justo cuando siente que el clima electoral le favorece para estirar las pinzas y reclamar un territorio que cree suyo por derecho de antigüedad. Mingo se vistió de verde y se metió a la playa como si se tratara de su nuevo amuleto político.


Exacto: aparecer con bolsas ecológicas en la playa es el equivalente político al mimetismo de un pulpo. Mingo intenta fundirse con el paisaje verde del PVEM para que el electorado olvide su pigmentación original. Resulta involuntariamente cómico ver a un personaje cuya carrera se forjó en la corrupción de la CFE y sus pensiones doradas, el que ahora destile preocupación por el destino de una cáscara de coco. Sí. Se mueve en la “ecología de la selfie”: si no aparece en la foto sosteniendo la bolsa ¿cómo más podría transmitir su compromiso ambiental?


Si analizamos su trayectoria bajo el microscopio, Mingo se comporta como una Medusa Política, un organismo que carece de columna vertebral ideológica y se deja llevar por la corriente que más fuerte fluya. Hoy flota en aguas Verdes, ayer intentó anclarse en el PT, en el PRI y en el PAN -en Morena lo mandan al demonio -, y mañana buscará cualquier arrecife que le prometa la supervivencia. Su consistencia no es el color de su bandera, sino el movimiento ondulatorio de quien se niega a quedar varado en la arena, lejos de la nómina pública.


Mingo camina por la playa y la estudia como una Rémora Electoral, ese pez que no nada por cuenta propia, sino que se adhiere al vientre de un escualo más grande para avanzar sin esfuerzo. Tras ser sacudido por las corrientes internas de Morena, ahora intenta succionar el brillo del Partido Verde, esperando que la inercia de una marca ajena lo deposite en la silla presidencial municipal. Es el arte de la supervivencia parasitaria: no importa quién sea el anfitrión, lo importante es no soltarse de la fuente de nutrientes públicos.


Verlo repartir souvenirs ecológicos en El Maviri es presenciar un espejismo en las dunas. Para el ciudadano que conoce la historia de Ahome, Mingo no es un brote joven nacido de la conciencia ambiental, sino un viejo roble del sindicato de la Comisión Federal de Electricidad barnizado con pintura verde de secado rápido. Su discurso tiene la misma solidez que un castillo de arena frente a la pleamar: se ve imponente en las fotos de Facebook, pero se desmorona en cuanto se le pregunta por una propuesta técnica que no dependa de su nostalgia por el control sindical.


Exponerse a las jornadas extenuantes del Maviri bajo el sol de Sinaloa no es solo un acto de campaña; es una exhibición de terquedad biológica. Como un Dólar de Arena que se queda demasiado tiempo fuera del agua tras el retiro de la marea, Mingo Vázquez -enfermo de diabetes- se arriesga a que el calor de la realidad política lo deseque antes de llegar a la urna. Gobernar un municipio exige una energía vital que no se encuentra en el fondo de una bolsa biodegradable, por más sonrisas que se intercambien con los bañistas distraídos.


Lo que los ciudadanos observan en la playa es un Fósil Político, la reiteración de un esquema agotado. El trajinar por la arena y los souvenirs verdes de Mingo Vázquez deben leerse como un esfuerzo de las viejas estructuras por evitar la obsolescencia. Que se niega, sí, a ser pieza de Museo. En términos de precisión política, el desafío para la ciudadanía no es una duda, sino una definición: romper con la circularidad de estos liderazgos endurecidos o permitir que el pasado siga dictando el ritmo del futuro de Ahome.»
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