El disfraz de una derrota

Leonardo Kourchenko.

Se busca hacer una reforma electoral porque se prometió en campaña, sin sustento ni propósito, más allá de asegurar las condiciones para que Morena permanezca en el poder

La malograda reforma electoral impulsada por la presidenta de la República, en sus distintas acepciones del Plan A, Plan B y Plan C —el edulcorado del B—, etcétera, ha exhibido una serie de lecciones políticas para Morena, para la 4T y para la propia presidenta.

Podríamos arrancar con: ¿México necesitaba una reforma electoral?

En pleno ejercicio de la objetividad, de las necesidades políticas y del máximo pragmatismo, la respuesta es NO.

No era necesaria una reforma electoral envuelta en el celofán engañoso de los ahorros y los costos excesivos, de la mejor representación y del pueblo —ese noble ingente que nadie sabe dónde está o a qué intereses responde— que merece elegir de mejor forma a los legisladores.

No era necesaria cuando, además, proviene del Ejecutivo, no de las fuerzas políticas en acción, en competencia y en búsqueda —prometidamente continua— de la mejora del sistema, de la mejor y más transparente operación de registro, conteo, reporte del voto ciudadano.

Nada de eso. Aquí se pretendía una reforma a las reglas desde el poder, señaladamente para mantener el poder, desequilibrar las condiciones de competencia y eliminar el piso parejo. Deplorable y lamentable desde el inicio.

Con todo esto, se le complicó. Y sucedió precisamente porque era evidente la intención de disminuir el peso y representación de partidos aliados, de oposición y de nuevo ingreso, para el fortalecimiento parlamentario de la llamada fuerza mayoritaria, la inigualable Morena, que de democrática tiene lo que usted de astronauta.

Dicho esto, arrancaron las fricciones y las confrontaciones. Los envalentonamientos del Verde, que se arrugó al final —para variar— y del PT, que, para sorpresa de todos, aguantó la presión, el chantaje, la extorsión y se negó al Plan A: la eliminación de plurinominales y la disminución de los dineros para cada partido.

Era, en voz de muchos analistas, un balazo en el pie. Por muy aliados y “disque” consentidos que fueran, el Plan A los reducía no solo en curules y presupuesto, sino a un rol meramente simbólico y de aprobación automática.

El PT cobró una extraviada gallardía, dijo NO y forzó la necesidad de producir un Plan B.

Vaya desatino el de los redactores presidenciales o de la célebre comisión de Pablo Gómez —fugado del Mundet—.

El texto y la iniciativa estaban distantes y separados del proyecto de ley original. Esto produjo un sinsentido de parches y acomodos que evidencian la aberración legislativa: se busca hacer una reforma electoral porque se prometió en campaña, sin sustento ni propósito, más allá de asegurar las condiciones para que Morena permanezca en el poder.

Retiraron del segundo texto el tema de los dineros; cometieron el error por cálculo de aumentar los regidores —¡querían disminuirlos!—; se fue también el capital tema de los plurinominales y las modificaciones al INE que, supuestamente, producirían muchos ahorros.

Pero incluyeron, con calzador, la revocación de mandato. Que la presidenta vaya a las elecciones intermedias se convirtió en punta de lanza para forzar a los aliados.

Volvieron a fracasar, porque la potente fuerza electoral de Morena con la presidenta en la boleta, nuevamente desmorona la alianza y otorga menos lugares y presencia al PT y al Verde. De tal forma que, una vez más, el aliado incómodo se resistió.

Una primera lección para Morena, para Luisa María y sus patéticos actos de unidad consolidada, es que el PT se sabe valioso y fundamental para lograr la mayoría calificada, vende caro su amor y, sobre todo, ¡ni un paso atrás! Nada que disminuya su poder, su presencia, sus curules y sus dineros.

Es más, quieren una gubernatura pactada con Morena. De ese tamaño es su rebeldía y su envalentonado orgullo.

La presidenta bien puede sopesar otros escenarios electorales y de alianza hacia el futuro.

Puede empezar a marginar y enfriar al partido que le dio la espalda y, después de la firma, la traicionó.

Ya dejaron sentir su poder en Oaxaca y en Veracruz, así que el PT quiere volar con alas propias y dejar sentir su fuerza y su arrastre popular. ¿Se estará equivocando en el cálculo?

La historia demuestra que estos partidos “rémora”, “vejiga” o secundarios sirven para movilizar al electorado, proyectar una imagen de pluralidad y para contar con votos garantizados en las Cámaras. Pero si esas certezas se rompen, ¿entonces para qué sirven?

La misma historia electoral ha probado que subsisten y son funcionales en la medida en la que se suman y adhieren a los partidos de fuerza ascendente y preponderante en el ánimo del electorado: el PAN en el 2000, el PRI en el 2012, Morena en 2018.

Pero solos no van a ninguna parte. Ni agenda, ni cuadros, ni perfiles, ni proyecto. Son de acompañamiento.

El problema que enfrenta Claudia Sheinbaum es que le crecieron los enanos, y se pensaron adultos, libres e independientes.

El Financiero

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