La traición de Cuba

Raymundo Riva Palacio.

Lo que está planeando el sector más duro del régimen es una traición a la presidenta Claudia Sheinbaum, que ha metido el hombro por Cuba a sabiendas de las fricciones que le puede causar con Donald Trump

Treinta y dos tripulantes de 11 nacionalidades partieron el viernes de Yucalpetén, muy cerca del puerto de Progreso en Yucatán, a La Habana, para llevar alimentos y medicinas, y protestar contra el bloqueo de petróleo impuesto por Estados Unidos. Ayer, con un retraso de 72 horas, el primer barco de la flotilla, un camaronero llamado “Maguro” y rebautizado simbólicamente como “Granma 2.0”, en memoria del yate “Granma” que consiguió Lázaro Cárdenas a Fidel Castro y a sus 80 combatientes para iniciar su aventura revolucionaria en la Sierra Maestra, atracó en el puerto de La Habana.

Fue parte de un esfuerzo mucho más grande, el Convoy de Nuestra América, que llevó a La Habana el fin de semana a unas 600 personas de una treintena de países con toneladas de alimentos y medicinas, se inspiró en la flotilla Global Sumud que entregó asistencia humanitaria a Gaza el año pasado. A diferencia de aquella, esta ha sido altamente controversial.

Un editorial del diario The Washington Post el lunes pasado apuntó que “izquierdistas” del mundo “jugaron el papel de tontos útiles” de manera perfecta, resaltando que fueron alojados por el gobierno cubano en hoteles de cinco estrellas. “La mejor manera de ayudar al pueblo cubano, por supuesto, sería liberarlos de la dictadura que ha fracasado para resolver sus necesidades por más de medio siglo”, resaltó. “En lugar de eso, los asistentes estaban más interesados en tundir a Estados Unidos”.

Maité Rico, directora adjunta del portal The Objective, que conoce perfectamente Cuba y toda la región, escribió ayer un texto irónico que comenzaba: “Como si 67 años de dictadura y penuria no fueran suficiente castigo, a los cubanos les ha caído una plaga bíblica: casi 700 gilipollas (estúpidos, en la traducción liberal del español ibérico), para explicarles que el régimen castrista es lo mejor que les podría haber pasado”.

Al dar a conocer la llegada del Convoy de Nuestra América y la recepción que les dio el presidente Miguel Díaz-Canel, el diario Juventud Rebelde, vocero de la Unión de Jóvenes Comunistas, señaló que era una “hermosa iniciativa de solidaridad”, donde esos representantes universales que llegaron a La Habana se habían convertido en “símbolo de millones de seres humanos que se niegan a dar la espalda a Cuba”. Entre esa ambigua cantidad se encuentran decenas de miles, quizás cientos de miles de mexicanos, por la relación fraterna de 67 años que ha servido al castrismo y a sucesivos gobiernos mexicanos.

Claudia Sheinbaum, en su turno en la Presidencia, ha retomado esa bandera política, reiterando una y otra vez su llamado a una solución pacífica sin intervención militar de Estados Unidos, respetando la autodeterminación del pueblo cubano –en este tema no se puede hablar con generalidades, porque buena parte del pueblo ha sido reprimido por la dictadura cubana para mantener su control y cohesión–, al asumir una posición soberana que tiene como antecedente un extrañamiento que le hicieron desde Washington por sus declaraciones sobre Nicolás Maduro y Venezuela, con la expectativa de que en el caso de Cuba, diera su apoyo sin matices.

No ha sucedido. Tampoco es posible ni deseable. No puede darle al presidente Donald Trump una carta en blanco firmada para hacer lo que desee unilateralmente. Lo hará, si lo desea, pero que no sea con autorización mexicana.

El apoyo al régimen cubano tiene fuertes raíces políticas y geoestratégicas. Por muchos años México fue intermediario en las sombras entre Cuba y Estados Unidos, por donde se abrían las válvulas para distensionar la relación y se buscaban puntos de entendimiento. A cambio, Fidel Castro, que exportaba revoluciones a toda América Latina, mantuvo a México al margen de esas desestabilizaciones.

Internamente, los gobiernos priistas ganaban legitimidad con la izquierda y los movimientos sociales en México, y la dictadura tenía una puerta abierta para aliviar presiones. Como le declaró recientemente Beatriz Paredes, una mujer consecuente que fue embajadora en Cuba, para México, el tema cubano no solo es de política exterior, sino interior. Pero esto ha cambiado en las últimas semanas por el estrangulamiento de Estados Unidos a Cuba, que está forzando a la dictadura a un cambio de modelo económico y de régimen.

Una fuente estadounidense dijo que Washington tiene información de que Cuba “quiere su Playa Girón en México”, una metáfora de esa playa que se encuentra en Bahía de Cochinos, al suroccidente de Cuba, donde el ejército revolucionario encabezado por Castro enfrentó y derrotó la invasión de cubanos asilados en Miami que habían sido entrenados por la CIA. Aquella victoria, alcanzada gracias a que en el último momento el presidente John F. Kennedy se arrepintió del plan elaborado por la administración Eisenhower y no envió a la Fuerza Aérea como estaba previsto, se convirtió en la base ideológica de su histórico nacionalismo antiimperialista.

La metáfora significa que la última trinchera que está viendo el sector más duro de la dictadura es México, donde, parafraseando al Che Guevara, quisieran uno de los múltiples Vietnam para enfrentar a Estados Unidos. Para esto, reveló la fuente, Cuba está ofreciendo armas a los cárteles en México. “Quieren calentar la plaza”, agregó, para lo cual estallarían una lucha en la frontera sur de Estados Unidos, donde, en términos reales de seguridad nacional, no de inmigración, no ha tenido un problema grave en más de un siglo.

La relación de los cubanos con los cárteles de las drogas no es algo nuevo. El régimen cubano se relacionó con el narcotráfico desde finales de los 80 –varios generales, encabezados por el laureado Arnaldo Ochoa Sánchez, fueron ejecutados para servir de chivos expiatorios–, y desde hace unos 25 años la inteligencia cubana trabajó para que gobiernos de izquierda en América Latina se vincularan con el crimen organizado porque servía a sus intereses: mantener el trasiego de droga a Estados Unidos y utilizarlos para vigilar e inhibir a ciudadanos, como lo hacen con los Comités de Defensa de la Revolución en Cuba, apoyando a políticos afines a ganar elecciones.

Lo que está planeando el sector más duro del régimen es una traición a la presidenta Sheinbaum, que ha metido el hombro por Cuba a sabiendas de las fricciones que le puede causar con Trump. Pero sobre todo, es una traición a México, que desde hace siete décadas ha sido un santuario para los cubanos. En la hora de la verdad, Cuba nos ha dado la espalda.

El Financiero

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