Luis Castro Obregón.
Si Trump llega al otoño urgido de un golpe de efecto rumbo a las elecciones intermedias de noviembre, pocos expedientes le ofrecerían tanta rentabilidad simbólica como México: frontera, fentanilo, cárteles y soberanía, todo en un solo kit
En seguridad nacional, la inteligencia no es solo intervenir comunicaciones. Consiste en darle valor a la información —de fuentes abiertas o cerradas— cuando se traduce en capacidad para anticipar riesgos.
Ante las amenazas, la inteligencia necesita de la prospectiva para ordenar los futuros posibles antes de que el más desfavorable se imponga por la fuerza de los acontecimientos.
En México debemos pensar así el tramo que va de agosto a octubre de 2026. Una vez que concluya la revisión del T-MEC y se disipe la euforia del Mundial, la relación con Estados Unidos podría entrar en una zona de presión extraordinaria.
Si Trump llega al otoño urgido de un golpe de efecto rumbo a las elecciones intermedias de noviembre, pocos expedientes le ofrecerían tanta rentabilidad simbólica como México: frontera, fentanilo, cárteles y soberanía, todo en un solo kit.
Esa es la clave de la “sorpresa de octubre”. No pensar en una invasión clásica ni en una ocupación territorial prolongada, escenarios costosos y difíciles de sostener, sino en una acción estadounidense unilateral limitada, espectacular y electoralmente rentable.
Un ataque de precisión a un transporte fronterizo, una incursión de fuerzas especiales, una operación con drones en el “Triángulo de Oro”, una ocupación militar temporal de puntos fronterizos, un bloqueo naval en el Golfo de México o cualquier demostración de fuerza presentada a la opinión pública estadounidense como un acto de autodefensa frente al “narcoterrorismo”.
Su propósito no sería resolver el problema de seguridad en México, sino producir una imagen de mando para consumo electoral interno.
Por eso el análisis del riesgo tiene que ser profesional. Herramientas de prospectiva como el Ábaco de Regnier, que sirve para medir consensos y discrepancias entre expertos sobre amenazas concretas; la Matriz de Alianzas y Conflictos, Tácticas, Objetivos y Recomendaciones (MACTOR), que identifica actores con capacidad real de empujar o frenar decisiones; y el método Delphi para formular escenarios.
Todas metodologías útiles para identificar la probabilidad de que la Casa Blanca considere rentable una acción unilateral sobre México, las posibles modalidades en que lo haría y la forma en que México debe actuar para neutralizar o evitar los peores escenarios.
Si se observa el mapa, aparecen al menos tres escenarios posibles. El primero es el más peligroso, la sorpresa de octubre: en la víspera electoral, Washington ejecuta un golpe quirúrgico contra objetivos criminales en territorio mexicano sin coordinación con el gobierno de México.
El daño operativo sobre las organizaciones criminales podría ser acotado, pero el efecto político buscado sería enorme.
El segundo escenario no produce explosiones televisadas, pero sí una erosión constante: la cooperación con subordinación encubierta. México evita una humillación pública y Estados Unidos el costo de una violación abierta, pero a cambio se expande silenciosamente la autonomía operativa estadounidense en inteligencia, asesoría, coordinación táctica y presencia en zonas sensibles.
Es el escenario que preserva funcionalidad económica y reduce tensión mediática, aunque normaliza un deterioro gradual de los márgenes de decisión del Estado mexicano.
El tercer escenario: un escudo multilateral. Supone construir, antes de la crisis, una red de intereses que vuelva demasiado caro cualquier unilateralismo. Los gobernadores fronterizos del sur de EU, el empresariado estadounidense que depende de la manufactura integrada y los estados del Medio Oeste que viven de cadenas just in time tendrían que ver con claridad que una sacudida sobre México sería un disparo contra la propia economía de Estados Unidos.
Ahí está el principal freno estructural: la interdependencia. Una disrupción severa en la frontera golpearía empleo, inflación, cadenas logísticas y producción industrial en Estados Unidos.
Trump puede encontrar rentable una imagen de fuerza; más difícil le sería administrar una recesión manufacturera autoinfligida en pleno calendario electoral, especialmente después del proceso inflacionario desatado a partir de la guerra con Irán.
Pero ese límite no opera solo: México debe hacerlo visible y costoso, reforzando su capacidad de detección, golpeando las finanzas criminales, fijando líneas rojas de soberanía, preparando una respuesta jurídica inmediata, hablando no solo a Washington, sino a los votantes y empleadores de Michigan, Pensilvania o Arizona, donde la estabilidad mexicana tiene traducción directa en empleo local y, sobre todo, manteniendo el consenso interno en torno a una política de colaboración sin subordinación.
Lectura sugerida: “La seguridad nacional en México. Reflexiones y propuestas desde la experiencia” de Alejandro Alegre, Jorge Carrillo Olea, Luis Herrera-Lasso, Eduardo Medina Mora, Jorge Tello y Guillermo Valdés (Pluma de Bambú).
El Financiero