Paloma y la farándula digital: entre el metaverso y el territorio vacío

Alvaro Aragón Ayala.

Semeja, sí, una artista digital. A Paloma Sánchez Ramos le encanta la escena algorítmica. Sin embargo, la política no es metaverso: hay que llenar el foro. La Senadora es una figura que domina la iluminación virtual, pero no logra atraer o convocar público. Ya hay quienes, debido a ese perfil, la consideran un avatar.


La comparación con una estrella de la farándula digital se la ganó ya que, en el ecosistema de redes, gracias a su narrativa breve y emocional, y a su estética cuidada ha construido un personaje que vive del falso “aplauso”. Ahí, donde el éxito se mide en vistas, en likes, en seguidores, pero no hay territorio, no hay estructura, no hay operación, únicamente audiencia digital.


Pero en Sinaloa donde la política—áspera, territorial, profundamente orgánica— exige otra lógica no basta con aparecer en las redes; hay que organizar. No basta con comunicar; hay que movilizar. No basta con gustar; hay que ganar. Y en ese tránsito, Paloma Sánchez optó por el libreto de la pantalla en una disputa que se decide en la calle y en las urnas.


En términos teatrales, ha construido su propio avatar político, un personaje visible, reconocible, con ritmo y presencia, pero que carece de compañía. No posee elenco territorial que respalde su actuación, no tiene una red de operadores que sostenga su narrativa fuera del encuadre, no la rodea una estructura que traduzca visibilidad en votos. Es, en esencia, una obra unipersonal en un sistema político con mayor exigencia.


Su comunicación es eficaz en lo superficial porque arma encuadres correctos, usa un tono cercano, mensajes digeribles, una estética pensada para conectar, sin embargo eso es únicamente escenografía que por sí sola no sostiene nada. Sin posicionamiento político real, sin arraigo territorial, sin densidad programática, sus escenas se vuelven decorativas.


El contraste se torna más evidente cuando se observan trayectorias como la de Beatriz Paredes Rangel, donde la política no se construyó desde la imagen sino desde el territorio, el discurso y la operación. O perfiles como Ivonne Ortega Pacheco, que tradujeron liderazgo en movilización real, en estructura, en votos. Ahí hay tablas, hay historia, hay capacidad de llenar plazas, no solo timelines.


El problema mayor de Paloma Sánchez es su genética política: llegó por la vía plurinominal a la diputación federal y le fue fiel a Alejandro -Alito-Moreno Cárdenas, su patrón del PRI, pero no construyó base propia. Arribó al Senado por la vía de la primera minoría, pero no desplegó esfuerzos consistentes para tejer estructura estatal, municipal, distrital o seccional. El tiempo político que pudo haberse invertido en territorio se volcó en presencia digital. Se hundió en el metaverso.


Y eso le mete confusión a su proyecto galáctico, pues reduce su imagen a avatar cuando lo que necesita es capital político. Las redes pueden amplificar, posicionar, incluso emocionar, pero no sustituyen la operación electoral, pues no organizan secciones, no movilizan votantes, no defienden casillas. El algoritmo genera visibilidad; el territorio genera poder.


Así, el diagnóstico es contundente. Paloma Sánchez tiene presencia en escena, iluminación, vestuario narrativo y dominio del formato digital, pero carece de compañía, de público movilizable y de taquilla electoral. Ha ensayado con disciplina la obra de la visibilidad, pero no ha montado la estructura de la competencia.


No se trata de una descalificación personal, ni de un juicio de género. Es una lectura de formato político. Representa a un segmento del PRI -particularmente femenino y generacional- que ha intentado conectar con la sociedad desde la narrativa y la “cercanía” digital, pero que enfrenta el límite de no haber construido arraigo real.


Y en política, ese límite es catastrófico ya que cuando se apaguen las luces del escenario digital y llegue el día de la Elección 2027, no contarán los “aplausos” en línea, contará y ganará quién llene la plaza, quién mueva la estructura, quién convierta presencia en votos.


Hasta ahora, Paloma Sánchez es tan solo una figura bien iluminada digitalmente, pero sin taquilla. Una figura, en suma, más cercana a la farándula, al metaverso, al avatar, que a la política territorial competitiva.

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