Álvaro Aragón Ayala.
En la política hay apellidos que rompen el tiempo y atraviesa generaciones como una sombra. Uno de ellos es Durazo, un linaje serrano originario del noreste de Sonora que aparece en dos momentos distintos del poder: en la cúspide del presidencialismo priista de los años setenta y en la transición política del siglo XXI.
Un rastreo genealógico preliminar realizado por investigadores de VOCES NACIONALES sugiere que las familias del actual gobernador de Sonora, Alfonso Durazo Montaño, originario de Bavispe, y la del exjefe policiaco capitalino Arturo – El Negro-Durazo Moreno, nacido en Cumpas, podrían descender de un mismo tronco familiar serrano del siglo XIX.
amigo íntimo del presidente José López Portillo, convirtió la policía capitalina en uno de los símbolos más obscenos del poder corrupto del siglo XX.
Los pueblos de Bavispe —donde nació el actual gobernador— y Cumpas —cuna del famoso “Negro Durazo”— están separados por apenas un centenar de kilómetros de carreteras serranas. “El Negro”, amigo íntimo del presidente José López Portillo, convirtió la policía capitalina en uno de los símbolos más obscenos del poder corrupto del siglo XX.
En el siglo XIX cien kilómetros de distancia significaban poco. Las familias ganaderas y mineras de la región se movían entre pueblos vecinos, casándose entre sí y extendiendo apellidos que terminaron dominando el paisaje humano de la sierra. En ese corredor aparecen una y otra vez los mismos apellidos: Durazo, Montaño, Valenzuela, Becerra y Ochoa.
La hipótesis de los investigadores es sencilla y lógica: es posible que las ramas de los Durazo de Cumpas y Bavispe provengan de un tronco familiar común del siglo XIX. Si así fuera, el parentesco sería remoto —cuatro o cinco generaciones atrás— pero suficiente para explicar la coincidencia de un apellido que aparece dos veces en momentos distintos del poder mexicano.
Pero la genealogía no es lo único que conecta al apellido con episodios delicados del poder. En 2005, cuando Alfonso Durazo era secretario particular del presidente Vicente Fox, estalló un caso que sacudió la seguridad presidencial: la infiltración del narcotráfico en el corazón mismo de Los Pinos. El protagonista era Nahum Acosta Lugo, funcionario encargado de la logística de las giras presidenciales.
De acuerdo con investigaciones periodísticas publicadas entonces por La Jornada, Acosta Lugo habría filtrado información estratégica de la agenda presidencial a organizaciones del narcotráfico, incluyendo itinerarios y movimientos de seguridad. El escándalo alcanzó inevitablemente la oficina de la Presidencia.
La Procuraduría General de la República abrió una investigación y consideró citar como testigo a Alfonso Durazo, responsable político del área donde trabajaba el funcionario detenido. El caso terminó envuelto en una zona de penumbra típica del sistema político mexicano: la investigación nunca produjo cargos directos contra el entonces funcionario presidencial.
Sin embargo, el narco-episodio quedó registrado en los archivos del periodismo como una de las infiltraciones más delicadas en la historia de la seguridad presidencial.
Mucho antes de ese registro ominoso, otro Durazo escribió una de las páginas más oscuras del poder. Arturo Durazo Moreno fue el jefe policiaco más poderoso del país durante el sexenio de López Portillo. Su cercanía personal con el presidente le permitió convertir la policía capitalina en un aparato de control político y poder personal.
Durante años, el “Negro Durazo” acumuló riqueza y poder en una escala que sólo podía explicarse por la protección política del régimen. El símbolo de aquel exceso fue el famoso Partenón de Zihuatanejo, una mansión inspirada en la arquitectura griega levantada como monumento personal al poder policial.
Tras el derrumbe del gobierno de López Portillo, el nuevo régimen decidió sacrificar al viejo jefe policiaco. Durazo Moreno fue procesado por enriquecimiento ilícito y abuso de poder. Su caída se convirtió en uno de los escándalos más emblemáticos del final del viejo sistema priista.
Hoy, con Morena y la Cuarta transformación, y con Alfonso Durazo Montaño al frente del gobierno de Sonora, el apellido vuelve a ocupar espacios de poder político sobre todo ahora que se menciona que Durazo sustituirá a María Luisa Alcalde Lujan en ese partido para operar los destapes de gobernadores y las elecciones del 2027.
Bien. Las trayectorias de ambos personajes pertenecen a épocas muy distintas del país. Uno fue producto del presidencialismo autoritario del siglo XX; el otro emergió en el México plural del siglo XXI. Pero la coincidencia del apellido y el origen serrano común abre una pregunta inevitable para cualquier investigador de genealogía política:
¿Hasta dónde se remontan realmente las raíces del clan Durazo en la sierra de Sonora? Responderla exige revisar archivos parroquiales del siglo XIX, registros civiles y censos históricos de la región. Hasta entonces, el expediente genealógico permanece abierto.
Y como ocurre con muchos apellidos que han pasado cerca del poder en México, la historia de los Durazo sigue escribiéndose entre archivos, silencios, complicidades y viejos expedientes que nunca terminaron de cerrarse.