Álvaro Aragón Ayala
El reciente asedio digital contra la Presidenta Claudia Sheinbaum Pardo tras el incidente en un evento en Nayarit no es indignación ciudadana, es la activación de una maquinaria de demolición, una conspiración política de orden tecnocrático que utiliza el algoritmo como arma de asalto.
Detrás de la cascada de insultos y el uso sistemático de coprolenguaje contra la Presidenta, se advierte la mano de una estrategia de «Guerra de Cuarta Generación». Este fenómeno, desencadenado y amplificado por actores específicos de la oposición que dictan línea en la conversación digital, busca la fractura del pacto civilizatorio.
Se trata o tratan de inundar el espacio público con ruido escatológico para que la propuesta política de Palacio Nacional sea inaudible y de reducir la figura de la Jefa del Estado Mexicano a un blanco de burla constante, eliminando su condición de interlocutora legítima.
Pretenden preparar el terreno psicológico para que cualquier agresión física sea vista, eventualmente, como una consecuencia «natural» del desprecio colectivo. Sí. Proyectan alinear a la sociedad en la vertiente del uso de la violencia. Ese es el objetivo conspirativo.
La evidencia de una operación coordinada atentatoria a la investidura Presidencial es contundente. Si miles de cuentas replican sintaxis idénticas y narrativas fabricadas en cuestión de minutos, la «libertad de expresión» es tan solo, entonces, una coartada para la sedición digital.
Es claro que ciertos sectores, huérfanos de proyecto y derrotados en las urnas, decidieron trasladar la disputa política de las cámaras legislativas al estercolero del algoritmo. Al terreno del insulto.
No se está de cara ante una oposición política, sino ante una industria de la difamación que determinó que, si no pueden gobernar las instituciones, intentarán destruir la investidura que sostiene la República.
La incitación provoca un daño profundo al sistema democrático ya que al pretender erosionar el respeto al Poder Ejecutivo, los conspiradores planean desgastar la autoridad del Estado mismo. El insulto es, pues, una herramienta digital destinada a normalizar la barbarie.
Jamás, jamás la coprolingüística política debe colocarse encima de la razón. México no puede ser rehén de quienes, incapaces de articular una idea, decidieron incendiar el tejido social desde la comodidad de sus terminales digitales.
Es momento de señalar a los responsables de esta campaña, de denunciar a aquellos que, por odio o por consigna, tomaron como alternativa demoler digitalmente a quien representa a la República y crearle un entorno inseguro.