Alvaro Aragón Ayala.
En el proceso preelectoral que ya está activo y en la ruta de las elecciones de 2027, en Sinaloa el desafío para el gremio periodístico es mantener el equilibrio en tres funciones esenciales: informar con rigor, analizar con libertad y evitar convertirse en operador político por consigna y sin transparencia.
En contextos electorales el periodismo deja de ser sólo un canal de información para convertirse en uno de los principales escenarios donde se libra la disputa por la narrativa pública. La Comunicación Política y la Ciencia Política han documentado que, cuando se aproxima una competencia electoral, el comportamiento del ecosistema mediático cambia: aumenta la presión política, crece la intensidad del debate y se multiplican las interpretaciones, las filtraciones y los posicionamientos.
En estados donde un partido mantiene una posición dominante, como ocurre actualmente en Sinaloa, suele producirse un fenómeno adicional: la disputa política se desplaza en varias vertientes. Si la oposición partidista no logra consolidar una fuerza electoral robusta, la batalla por el poder se traslada parcialmente a otros espacios, particularmente al terreno de la narrativa mediática.
Es ahí donde comienzan a emerger comunicadores, analistas y opinadores que, sin abandonar formalmente su papel periodístico, participan activamente en la construcción del debate público. Algunos lo hacen desde la crítica legítima, otros desde la interpretación política, y algunos más desde posiciones que terminan acercándose al activismo o a la operación narrativa.
La inteligencia política ha estudiado este fenómeno durante décadas. No se trata necesariamente de investigar conspiraciones ni de desentrañar estrategias ocultas; el examen muchas veces responde a una dinámica estructural del sistema político toda vez que cuando la oposición institucional es débil, la competencia política se desplaza hacia la narrativa pública.
Los estudios sobre comportamiento mediático en periodos electorales identifican distintos perfiles que suelen coexistir dentro del ecosistema informativo. Existe el periodismo institucional, que procura mantener distancia respecto a los actores políticos y se concentra en informar con equilibrio. También aparece el periodismo de vigilancia, indispensable para la democracia porque investiga irregularidades y fiscaliza al poder.
Junto a ellos surge con frecuencia el periodismo de narrativa crítica, centrado en exponer contradicciones, conflictos o crisis dentro del aparato gubernamental. No necesariamente implica militancia política; muchas veces responde a una lógica mediática simple: el conflicto genera mayor atención pública.
En los procesos electorales también cobra relevancia el periodismo interpretativo, ejercido por analistas y columnistas que buscan explicar los movimientos estratégicos de los actores políticos, anticipar escenarios o interpretar la correlación de fuerzas dentro de los partidos.
A estos perfiles se suma el periodismo mercantil, fenómeno ampliamente estudiado por la economía política de los medios. Aquí las decisiones editoriales pueden verse influidas por factores económicos como convenios publicitarios, relaciones institucionales o incentivos financieros dentro del mercado informativo.
Existe también el periodismo de posicionamiento, en el que ciertos comunicadores, a partir de su visibilidad o influencia, contribuyen a instalar temas en la agenda pública o a amplificar determinados debates políticos.
Y finalmente aparece un perfil más delicado: el periodista que termina convirtiéndose en actor político indirecto. Esto ocurre cuando el comunicador deja de observar la competencia política para participar activamente en ella mediante narrativas, campañas de desgaste o posicionamientos estratégicos. Se integra, pues, a las dinámicas que se producen cuando los medios se convierten en una arena central de la disputa política.
En el caso sinaloense, rumbo a 2027 comienzan a configurarse varios elementos que explican la creciente intensidad del debate público: la disputa interna dentro del partido gobernante por la sucesión, la búsqueda de posicionamiento de diversos grupos políticos y la presencia de una oposición que intenta construir una narrativa competitiva a partir de los problemas del gobierno.
En ese contexto, el papel del periodismo se vuelve aún más relevante. Informar con rigor significa contrastar datos, verificar fuentes y evitar que la filtración interesada se convierta en verdad pública. Analizar con libertad significa interpretar la política sin censura ni presiones. Pero el desafío más complejo es no cruzar la línea que separa el análisis del activismo político encubierto.
Ya que cuando el periodismo abandona su función de mediador y se convierte en facción, en activista, amanuense o vocero, el debate público pierde calidad. Igualmente, cuando la información se transforma en instrumento de operación política, la ciudadanía deja de recibir datos y comienza a recibir propaganda.
Rumbo a las elecciones de 2027, el periodismo sinaloense el reto de demostrar que la crítica puede ser rigurosa, que el análisis puede ser libre y que la influencia mediática puede ejercerse con responsabilidad. Pero, más allá de ese reto, en tiempos de disputa política intensa, el verdadero desafío del periodismo no es tomar partido. Es mantener credibilidad.