“Ni venganza ni perdón”, el falso evangelio ético de Julio Scherer García

Álvaro Aragón/Ciudad de México.

No hay nada de que espantarse: el libro “Ni venganza ni perdón” de Julio Scherer García debe leerse como lo que es: un testimonio personal situado, no una carpeta de investigación, ni una averiguación previa, ni mucho menos un tribunal moral con facultades de sentencia histórica.


El libro carece de valor probatorio en sentido jurídico y metodológico. No ofrece: estructura de expediente, contraste sistemático de fuentes, derecho de réplica articulado, dictámenes periciales, metodología verificable. Es una memoria. Y la memoria, por definición, es selectiva.


Cuando un periodista de “alto” perfil escribe sobre su conflicto con el Poder, el texto surge en un campo de fuerzas. El enigma es si la narrativa descansa, en parte, en dinámicas de desplazamiento político: reacomodos en la Corte Presidencial, exclusiones de círculos de alto nivel y cambios en las correlaciones de fuerza como fenómeno natural de la política mexicana.


En ese sentido, el libro puede leerse como un ajuste narrativo frente a un reacomodo político, una reivindicación de posición, una reafirmación de autoridad moral. Eso no invalida el texto, pero lo coloca en su dimensión real: la de una intervención política.


Uno de los recursos centrales del libro es la apelación constante a la ética y la dignidad. Sin embargo, estos principios operan también como blindaje. Presentarse como custodio de la moral pública genera un efecto simbólico y reduce el margen de cuestionamiento construyendo superioridad narrativa.


Otro elemento central es la construcción de pasajes históricos que entremezclan hechos verificables con interpretaciones subjetivas. Toda memoria combina realidad documentada, percepción personal, lectura política y juicio moral. El libro en si no equivale a un expediente judicial.


Históricamente, ningún libro testimonial por sí mismo ha provocado el derrumbe automático de figuras políticas consolidadas sin que existan investigaciones institucionales, procesos judiciales, pruebas documentales independientes y crisis estructurales paralelas.


El texto de Scherer tiene peso simbólico, no peso procesal. No es un ministerio público. No es una fiscalía. No es un tribunal de inquisición periodística. Es una pieza narrativa dentro de un debate político más amplio.


La mención de actores públicos -como Jesús Ramírez Cuevas- dentro del libro de Scherer no implica automáticamente responsabilidad jurídica ni riesgo institucional.


En un Estado de derecho las responsabilidades se determinan por pruebas, las acusaciones se sustentan en expedientes y las decisiones se toman en tribunales, no en relatos autobiográficos. Un libro puede generar debate, pero no sustituye al debido proceso.


Desde esta óptica, “Ni venganza ni perdón” puede entenderse como una intervención política con ropaje ético, una defensa autobiográfica, una memoria situada, un documento de época, pero es importante descalificarlo como un instrumento probatorio definitivo.

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