El poder que no gana elecciones

Por Alvaro Aragón/PALACIO NACIONAL.

En la narrativa política mexicana contemporánea, el Frente Amplio Democrático ha sido presentado como el gran contrapeso al régimen de la llamada Cuarta Transformación. Analistas políticos como Carlos Ramírez celebran su irrupción como una ruptura en la inercia del poder presidencial.


Pero conviene decirlo sin eufemismos: el Frente no es poder, es relato. Y los relatos no gobiernan. El Frente Amplio no controla: Gobernadores, Congresos locales, Presupuestos, Programas sociales, Sindicatos, Territorios. No organiza elecciones. No moviliza barrios. No administra pobreza. Su espacio es otro: los estudios de televisión, los editoriales, los foros empresariales, los seminarios universitarios. Es un poder aéreo, sin raíces.

El Frente no vive de militantes. Vive de legitimación. Su base es: Editorialistas, Grandes medios, Cámaras empresariales, Fundaciones. Redes financieras. No es una alianza popular. Es una alianza de validación. Mientras el oficialismo construye hegemonía con transferencias directas, el Frente construye hegemonía con columnas y entrevistas. Ambos compran lealtad. Sólo cambia el método.


Desde Palacio Nacional, Claudia Sheinbaum Pardo insiste: “el poder radica en el pueblo”. Desde el Frente se responde: “el poder está en la sociedad civil”. Ambos discursos son incompletos. El pueblo sin organización es masa. La sociedad civil sin territorio es élite. Ninguno gobierna solo.


¿Puede el Frente cambiar decisiones de Estado? La respuesta es no. No puede aprobar reformas, vetar presupuestos, controlar mayorías ni imponer funcionarios, pero sí puede dañar legitimidades, presionar mercados, activar actores externos, generar incertidumbre y condicionar inversiones. Es poder indirecto. Poder de entorno. Poder de desgaste.


Carlos Ramírez apunta en su columna «Frente Amplio Opositor ganó ventaja a mini alianza oficial» a la variable estadounidense y no se equivoca. Con figuras como Donald Trump en el tablero, la validación electoral se vuelve geopolítica. Ahí el Frente sí es útil: habla el lenguaje de Washington, no el de las comunidades.


El Frente Amplio Democrático nació para frenar al poder. Pero corre el riesgo de convertirse en lo que critica: Una élite sin pueblo, una tecnocracia sin calle, un discurso sin votos. Y el oficialismo, que presume respaldo popular, se vuelve cada vez más vertical, más cerrado, más institucionalmente dominante. Dos proyectos enfrentados.


Del metaanálisis a la columna de Carlos Ramírez se desprende una pregunta que nadie quiere responder ¿Quién manda hoy en México? ¿El que gana elecciones? ¿El que domina medios? ¿El que controla recursos? ¿El que valida desde fuera? Manda quien logra articularlos. Y hoy, ninguno lo ha conseguido por completo.


El problema no es que el Frente no tenga poder. El problema es que crea que lo tiene porque cuando el poder mediático se confunde con poder político, la derrota llega sin aviso. Y cuando el poder institucional se cree eterno, la historia suele cobrar factura.

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