Culiacán: el archivo de los ausentes

Alvaro Aragón Ayala

En Culiacán, el silencio dejó de ser sinónimo de calma. Cuando las calles se vacían antes del anochecer, cuando los comercios bajan sus cortinas metálicas y las familias adelantan el regreso a casa, no se trata de costumbre: es una estrategia de supervivencia.


La ciudad aprendió a leer el lenguaje del peligro. Una camioneta sin placas, un convoy improvisado, una sirena que no se acerca. Todo comunica. Todo previene.


Desde septiembre de 2024, la capital sinaloense vive bajo una tensión permanente derivada de la guerra interna del crimen organizado. Ya no se trata de episodios aislados: la violencia se volvió estructura.


EL FICHERO QUE NO DEBERÍA EXISTIR


En una bodega gubernamental, sin señalamientos visibles, se almacenan miles de carpetas. Son los expedientes de personas desaparecidas. Cada uno contiene una fotografía, una ficha incompleta y un teléfono que dejó de sonar. Para la burocracia son folios; para las familias, son relicarios del dolor.
De acuerdo con el Registro Nacional de Personas Desaparecidas y No Localizadas, Sinaloa acumula más de seis mil casos. Más del 40 por ciento se concentró entre 2024 y 2025. La mayoría: hombres jóvenes. La mayoría: sin rastro.


LA GUERRA SE VOLVIÓ ETERNA


El conflicto se intensificó tras la captura de Ismael Zambada García y el asesinato de Héctor Melesio Cuén Ojeda en julio de 2024. Meses después, estalló lo que los habitantes llaman el “Tercer Culiacanazo”: una confrontación prolongada entre las principales facciones del Cártel de Sinaloa.
A diferencia de episodios anteriores, esta guerra no tuvo fecha de cierre. Se convirtió en rutina. Narcobloqueos, balaceras, desplazamientos forzados y cierres de escuelas pasaron a formar parte del paisaje cotidiano.


EL CRIMEN COMO SISTEMA PRODUCTIVO


La violencia no solo mata. Produce. Produce operativos. Produce contratos. Produce presupuestos. Produce discursos. Produce simulaciones.


Karl Marx lo advirtió en el siglo XIX: el delito genera industrias completas. En Sinaloa, cada desaparición activa una cadena institucional que raramente concluye en justicia: búsqueda sin recursos, investigación inconclusa, archivo cerrado, caso olvidado. El crimen alimenta al sistema que promete combatirlo.


“BUSCAMOS CON LAS MANOS”


Rosa Neriz, integrante de la Brigada Estatal de Búsqueda, resume la crisis sin rodeos: ““Buscamos con las manos porque ya no confiamos en nadie”. Las mujeres recorren cerros, brechas y predios abandonados con varillas y palas. No esperan sentencias. Esperan restos. Esperan pruebas para poder cerrar el duelo. En muchos casos, el Estado llega tarde o no llega.


EL ESTADO PROFUNDO: LA RED INVISIBLE


No existe una oficina llamada “Estado profundo”. Existe una red. Funcionarios que no investigan. Expedientes extraviados. Protecciones no escritas. Silencios compartidos. No siempre es corrupción abierta. Es tolerancia administrada. Es negligencia sistemática. Es impunidad funcional. En ese entramado, el crimen no solo opera: convive.


VIVIR COMO ESTADÍSTICA


La violencia ha transformado la vida cotidiana. En Sinaloa, tener entre 20 y 29 años se volvió un factor de riesgo. Ser hombre joven es una desventaja estadística. Vivir es provisional. Culiacán no es solo una ciudad asediada por criminales. Es un territorio donde la violencia se institucionalizó. Donde el horror se volvió normal. Donde miles de personas existen únicamente en bases de datos.


El mayor triunfo del crimen no es matar. Es lograr que nadie se indigne. Frente a eso, narrar se vuelve un acto de resistencia. Mientras haya quien escriba los nombres.


el archivo de los ausentes no estará cerrado. Mientras exista memoria, el Estado profundo no habrá vencido del todo.

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