Álvaro Aragón/ PODER LEGISLATIVO.
En México, ser mujer implica vivir en alerta y miedo permanente. Más de la mitad ha sufrido violencia psicológica; casi una de cada dos, violencia sexual. Cada día, mujeres son asesinadas por el simple hecho de serlo. La brecha salarial sigue anclada en un 35 por ciento, el trabajo doméstico no remunerado recae mayoritariamente en ellas y el acceso a la justicia es una carrera de obstáculos que casi siempre termina en impunidad.
Pero en el Senado de la República, la urgencia es otra: ahí, donde deberían discutirse estrategias para frenar los feminicidios -2.4 por cada 100 mil mujeres-, fortalecer fiscalías, garantizar refugios, o reformar un sistema judicial que castiga más a las mujeres que a los hombres por los mismos delitos, se descubrió algo mucho más prioritario: una estética femenina.
Manicure, pedicure y maquillaje dentro del recinto legislativo. Porque mientras afuera hay mujeres buscando a sus hijas desaparecidas, adentro hay Senadoras afinando el tono del esmalte. Mientras madres enfrentan violencia obstétrica y niñas son forzadas a uniones tempranas, el Senado parece apostar por el “empoderamiento” a base de gelish y base mate.
El mensaje es claro y devastador: el Estado mexicano puede esperar, las víctimas pueden esperar, la justicia puede esperar, pero el retoque no. T todavía más. Resulta especialmente indignante cuando algunas de las usuarias de estos servicios aspiran a gobernar estados donde la violencia feminicida es cotidiana. ¿Ese es el modelo de liderazgo? ¿Un país en llamas administrado desde el sillón de belleza legislativo?
No se trata de atacar el derecho de las mujeres a arreglarse. Se trata de dónde, cuándo y con qué dinero. Porque el Senado no es un spa, no es un backstage, y no debería ser el símbolo de un feminismo vacío que confunde derechos con privilegios. La tragedia no es que haya una estética en el Senado. La tragedia es que parece funcionar mejor que las políticas públicas para proteger a las mujeres. Y eso, más que ridículo, es obsceno.
No es un debate sobre imagen personal. Es un asunto de función pública, uso del espacio institucional y jerarquía de prioridades. El Senado no es un centro de consumo ni un área de esparcimiento; es la sede donde deberían discutirse políticas para frenar la violencia feminicida, garantizar presupuestos para refugios y cerrar brechas de desigualdad.
El contraste no es simbólico: es político. No es anecdótico: es estructural. No es menor: es una señal de desconexión con la emergencia nacional que viven millones de mujeres. Cuando la respuesta del Estado ante una crisis de derechos humanos parece más eficiente para pulir uñas que para garantizar justicia, el problema no es la estética. El problema es el vacío ético del poder.