Aunque pareciera que el presidente Donald Trump está insistiendo en una refundación de la presidencia imperial de Estados Unidos, la historia norteamericana desde los 14 puntos del presidente Wilson para colocar a Washington en el centro del universo ha establecido diferentes etapas de fortalecimiento del poder del Ejecutivo federal estadounidense
Se trata, pues, de una misma presidencia imperial que ha tenido diferentes etapas, de acuerdo con la periodización que hizo el sociólogo Arthur M. Schlesinger Jr. en su ensayo justamente titulado La presidencia imperial. Ahí establece que los llamados padres fundadores o diseñadores de la Constitución lo otorgaron el presidente de la nación el poder absoluto hasta llegar al modelo que hoy ejerce Trump y que fue muy conocido por la declaración que hizo en 1977 el expresidente Richard Nixon al entrevistador David Frost cuando le preguntaron si había cometido algún abuso de poder durante su presidencia, sobre todo por lo ocurrido con Watergate y el desenlace de la renuncia a la presidencia del propio Nixon. La respuesta fue la definición de la Presidencia Imperial:
“Cuando el presidente lo hace, eso significa que no es ilegal”.
El Presidente Trump siguiendo, pues, las enseñanzas del expresidente Nixon, el pasado miércoles 8 de enero le otorgó una entrevista especial de más de dos horas a un equipo de periodistas del The New York Times, uno de los periódicos a los que ha bombardeado Trump con acusaciones de lo más perverso y desacreditable. Los dos primeros párrafos del reporte del NYT resumen la presidencia imperial de Trump:
“El presidente declaró que su poder como comandante en jefe está restringido solo por su propia moralidad, dejando de lado el derecho internacional y otros controles sobre su capacidad para usar el poder militar para atacar, invadir o coaccionar a naciones en todo el mundo.
“Cuando se le preguntó en una amplia entrevista si había algún límite a sus poderes globales, el señor Trump dijo: “sí, hay una cosa. Mi propia moralidad. Mi propia mente. Es lo único que puede detener”. Y dijo más: “no necesito el derecho internacional. No estoy buscando lastimar a la gente”. Y cuando se le preguntó si su administración necesitaba cumplir con el derecho internacional, el señor Trump dijo: sí. Pero dejó claro que sería el árbitro cuando tales restricciones se aplicarán a los Estados Unidos “depende de cuál sea tu definición del derecho internacional», le replicó a uno de los periodistas.
En esta entrevista está resumido el concepto de la Presidencia Imperial de Estados Unidos, pero en el entendido de que no es una posición nueva. El expansionismo territorial de Estados Unidos inició formalmente en 1783 cuando los colonos de las 13 Colonias se lanzaron en carretas a conquistar las tierras de los indios que se localizaban de la mitad de lo que es hoy el territorio hacia la frontera norte con Canadá y el ciclo de conquista territorial término en 1898 con las anexiones de Hawái y de Puerto Rico.
La explicación de lo que puede considerarse como el método de Trump para ejercer el poder imperial por encima de las leyes internacionales lo explicó la columnista Lydia Polgreen en el The New York Times del sábado 10 de enero pasado: la aplicación de las leyes nacionales de Estados Unidos en el escenario internacional en conflicto, utilizando las facultades ordinarias y extraordinarias del presidente de la nación y de los espacios de poder imperial que no involucran a los poderes judicial y legislativo, y usando a fuerzas militares especiales también sin aprobación del Congreso y las agencias de seguridad nacional que dependen directamente de la Casa Blanca.
La clave la explicó con claridad y calificó a ese método como el Truco Trump: “en la interpretación de Trump de la Presidencia imperial, prácticamente cualquier actividad en el extranjero puede transformarse en un asunto interno. Y todas las actividades domésticas pueden vincularse de algún modo a la seguridad nacional amenazada por el extranjero. Es un pequeño truco para destruir el régimen constitucional y democrático”.
La presidencia imperial de Estados Unidos es una categoría utilizada ya en las ciencias sociales de la timorata intelectualidad americana que suele mantener distancia a crítica de los abusos del Poder Ejecutivo. Lo grave del momento es que el presidente Trump a sobretensado las relaciones institucionales y legales para su propio beneficio, pero a partir de un espacio interno dominado por el conservadurismo social: los presidentes de EU no son dictadores que atropellan a las mayorías de su sociedad, sino que ejercen el poder para garantizarle el confort que requiere una élite de no más del 10% de los estadounidenses que tienen los ingresos suficientes y que viven en las zonas ajenas a la conflictividad social.
Este modelo se llama el sueño americano a millones y millones de extranjeros –a veces huyendo de sus países en crisis, pero casi siempre atraídos por el confort de salarios y bienestar que otorga el sistema productivo estadounidense– y forma parte central de todas las estrategias de seguridad nacional que han definido los presidentes desde Ronald Reagan: el eje rector de la Presidencia imperial es el american way of life o modo de vida americano.
NUEVAS CONQUISTAS

El presidente Trump redujo la defensa del modo de vida americano en su primera presidencia a la declaratoria de guerra a los migrantes que desde 2016 estaban atiborrando las fronteras americanas por la desidia del presidente Barack Obama y que después en su campaña por la segunda presidencia en 2024 se convirtió en el punto nodal en la política migratoria de Biden: Estados Unidos estaba perdiendo identidad por la llegada en masa de representantes de otras sociedades de otros países que estaban instalando en Estados Unidos pequeñas reservaciones culturales y lingüísticas ajenas a lo que representaba la mayoría anglosajona.
El segundo tema político presidencial de Trump fue el narcotráfico, pero desde el punto de vista de que el problema estaría en los países productores y no en el 25% de los estadounidenses mayores de 12 años –aproximadamente 70 millones de personas– que se acreditaban como consumidoras.
En el tema del narcotráfico Trump presentó sus primeras contradicciones: comenzó a despotricar contra los cárteles del narco que contrabandeaban de fuera hacia adentro la droga que se distribuía en los 50 estados de la Unión americana y que se vendía al menudeo en alrededor de tres mil ciudades, pero por la forma de instrumentar su estrategia dejó ver que en el fondo no había una preocupación por los consumidores, en tanto que se desdeñaban programas para desalentar el acceso a las drogas y evitar los problemas de salud pública y sí utilizó la amenaza del narcotráfico como un problema de geopolítica contra países que representaban situaciones de conflicto con Estados Unidos.
En este contexto, Trump ha utilizado la estrategia de combatir el narcotráfico dentro de Estados Unidos atacando a los países donde los cárteles de narcotráfico tienen sus sedes principales: China y el fentanilo, México y una gran variedad de drogas y la cocaína de Venezuela, Colombia y Bolivia, naciones contrarias a los intereses de la política exterior de Estados Unidos.
Por ello, Trump está combatiendo a los gobiernos y no a las estructuras del narco, a partir del criterio de que los 80 millones de consumidores de drogas dentro de Estados Unidos requieren acceso a los estupefacientes o comenzarían a morir en masa o estimularían una guerra social en las calles para conseguir otra droga o dinero para las derogas.
Ahí está la clave de la estrategia de Trump: tomar el control político de los países sede de los cárteles de narcotráfico para administrar la producción de droga y manejar los recursos financieros multimillonarios que producen los estupefacientes; es decir, ningún presidente de Estados Unidos ha buscado la solución final al problema de las drogas: criminalizar al máximo el consumo, descuidar a los adictos para que las propias drogas les destruyan la vida y usar la estrategia militar y civil de seguridad nacional para tomar el control de los gobiernos de los países productores.
NUEVA GEOPOLITICA

En el contexto de la ofensiva contra Venezuela, el presidente Trump ha fijado los objetivos concretos de su estrategia geopolítica de combate militar contra los países sede de los cárteles del narcotráfico y la meta final es la de construir una nueva geopolítica que derive en un mapamundi de fortalecimiento de las zonas internacionales que dependen de Estados Unidos: Canadá, México, Colombia, Venezuela y Bolivia, entre los más importantes, pero a partir del criterio que el objetivo final es el dominio geopolítico y el instrumento es el despliegue del sector militar y del sector civil de seguridad nacional para subordinar a los gobiernos que aumentaron su capacidad de autonomía relativa de EU durante las presidencias de George Bush Sr. a la de Biden.
Si quisiera terminar con el problema interno de las drogas, el presidente Trump tendría una agenda muy cargada de decisiones que todos los presidentes han pospuesto por desdén, por el costo social o político y hasta por el mantenimiento de una comunidad muy grande de estadounidenses –en áreas productivas o improductivas– que encuentran en la droga una evasión de realidades sociales, políticas y geopolíticas que van más allá de la evasión de la conciencia individual que implica el consumo de drogas.
Las evaluaciones anuales del DEA desde hace poco más de diez años han insistido en revelar el hecho inocultable de que el contrabando de drogas que ingresa de manera ilegal al territorio americano y su distribución en el interior a los 50 estados de la Unión está controlado por nueve cárteles mexicanos y por otras organizaciones de otros países latinoamericanos y orientales, pero que operan estructuras y no han sido producto de planes concretos de destrucción sino que pasan a formar parte más bien de las actividades cotidianas de las policías locales para arrestar a vendedores y no combatir a las estructuras.
Por ello es muy paradójico que Estados Unidos haya logrado que los dos principales capos del cártel de Sinaloa –Joaquín El Chapo Guzmán Loera e Ismael El Mayo Zambada– estén en prisiones estadounidenses y ya condenados a encarcelamiento de por vida, pero que esa misma organización –el Cártel de Sinaloa– siga produciendo fentanilo en su territorio mexicano y lo continúe contrabandeando a territorio americano con la complicidad no reconocida y en los hechos avalada de funcionarios estadounidenses corrompidos por los traficantes para seguir inundando de droga las calles americanas.
Ahí se ve con claridad la doble moral de Estados Unidos: secuestrar a un presidente en funciones de un país sudamericano –indefendible, pero con jerarquía legal– bajo cargos de dirigir un cártel del narcotráfico, pero seguir permitiendo que ese cartel venezolano, el de Los Soles, siga operando en el tráfico de drogas hacia los consumidores estadounidenses. Y tener a dos capos del Cártel de Sinaloa en cárceles americanas, pero permitiendo el funcionamiento de su estructura dentro del territorio estadounidense para vender droga al menudeo.
En este contexto, las amenazas del presidente Trump de querer lanzar misiles sobre laboratorios y posiciones de los cárteles del narcotráfico en México, de ofrecer recompensas multimillonarias y de amenazar al gobierno mexicano con meter a fuerzas armadas de EU a México para batallar a sangre y fuego, con misiles y trincheras, a los narcos mexicanos, pero seguir necesitando de dotación de droga para los 70 millones de adictos en las calles exigiendo estupefacientes
NUEVO MAPAMUNDI

Detrás de la ofensiva del presidente Trump contra el presidente de Venezuela y de sus amenazas de invasión militar a México se encuentra un escenario geopolítico que ya muchos analistas están considerando como la reconfiguración del mapamundi mundial que se encuentra subyacente en lo que muchos consideran las locuras de Trump, pero que en el fondo sí tienen los objetivos de reactivar de manera dinámica las dos doctrinas que nacieron con la fundación de Estados Unidos: la Doctrina del Destino Manifiesto que le acredita a EU el mandato de la divina providencia –como el otorgado a Israel en el inicio del cristianismo– para hacer el centro del planeta Tierra y la Doctrina Monroe que se definió en 1823 para evitar la llegada al continente americano de Rusia, Francia e Inglaterra y arrebatarle las posiciones continentales a los españoles que desembarcaron en el continente en 1492.
El Destino Manifiesto es el que indujo a Estados Unidos a meterse en la Primera Guerra Mundial para aprovechar el primer reacomodo territorial moderno del planeta a través de los 14 puntos del presidente Wilson, pero también fue el argumento que estuvo subyacente en esa interpretación histórica que todavía sigue vigente de que Estados Unidos permitió el ataque a Pearl Harbor –una versión que asume el prestigiado internacionalista Jean-Jacques Servan-Schreiber– para involucrar a EU y su poderoso Ejército en la Segunda Guerra Mundial, bajo los argumentos muy válidos de que todo el poderío de la Unión Soviética, Francia y Gran Bretaña no iba a poder derrotar a los ejércitos expansionistas alemanes de Hitler.
En este escenario de reconfiguración mundial que ocurre cada determinado tiempo –las dos primeras guerras mundiales– estarían presentando el teatro del escenario geopolítico del presidente Trump, pero con el contrapunto de Putin en Rusia y Jinping en China para un mapamundi tripartito de poderes efectivos por parte de naciones poseedoras de arsenales nucleares.
Trump no se ha preocupado por construir un marco intelectual a sus decisiones, pero las primeras interpretaciones de expertos analistas están concluyendo las tres características del ciclo Trump: la reconfiguración de la presidencia imperial de EU, el reforzamiento del dominio estadounidense sobre el continente americano y el brazo extraterritorial americano hacia Europa occidental, África y una parte de Asia.
La única figura que pudiera utilizarse para equiparar al Trump actual es la del líder mongol Gengis Kan y su imperio territorial que fue el más grande en la historia de la humanidad en los siglos XII y XIII.
El Independiente MX